Tiempos de diálogo juvenil

<p>Hace muchos años, cuando todavía estaba en el colegio y jugaba voleibol, recuerdo que en el camino hacia uno de mis partidos una pandillera me pidió el reloj. Era un reloj sencillo que me había regalado mi mamá y por esa razón le guardaba un gran cariño. No recuerdo haber sentido una enorme angustia ante la petición de la mujer, a pesar de que estaba acompañada por otras dos y de que era mucho más grande y ruda que yo. Le pedí que no se lo llevara, por el cariño que le guardaba. Después de unos minutos de charla solo me pidió uno de esos –ahora extintos– colones.</p>
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<p>En la colonia donde vivía conocía bien quiénes eran los miembros de pandilla que vivían en la comunidad que quedaba a una cuadra. Rara vez me los cruzaba en el camino y muy raro aún era que tuviera algún tipo de interacción con ellos.</p><p>En esa zona residencial, la petición del colón se hizo más recurrente y en esa misma sintonía el temor hacia esos jóvenes también creció.</p><p>Ciertamente ahora no me veo negociando por un reloj ni por nada, además del miedo, no creo que lo haría porque tampoco me darían esa opción.</p><p>Así han cambiado las cosas ahora. Los miembros de pandillas ya no son solo jóvenes incomprendidos por la sociedad, están organizados de manera diferente y muchos están incrustados en estructurales criminales muy fuertes.</p><p>Hoy, más que nunca, lo que toca es cuidar a los adolescentes, hablar con ellos y mantener algún nivel de supervisión sobre ellos. Y lo digo por las recientes “falsas desapariciones” que hemos tenido. No ha habido un solo caso, sino muchos. En redes sociales y fuera de ellas. Los familiares angustiados porque sus hijas o hijos no llegaron a dormir una noche y ni siquiera contestaron el teléfono móvil.</p><p>Ante ese escenario, no es raro que lo primero que uno piense sea que algo les ha pasado.</p><p>No concibo una imagen pasada en la que yo decidiera deliberadamente quedarme a dormir fuera de casa y sin ni siquiera enviar un aviso a mi familia, aun cuando los medios de comunicación estaban aún más reducidos.</p><p>Por eso me cuesta entender que un joven o una joven decida irse por rebeldía, berrinche o insensatez y no avisarle a nadie de su familia.</p><p>No lo concibo ante la realidad actual –de tanto riesgo– y ante la falta de consideración para sus seres queridos.</p><p>Lo único que consigo resolver es que en ese hogar, en ese entorno algo no está funcionando como debe funcionar. Los ritmos de trabajo, los tiempos de familia y la juventud misma han cambiado mucho ahora y las sociedades y los padres de familia deben entenderlo de esa manera.</p><p>Un papá escandalizado por una revelación del hijo, ausente, sordo, cuestionador e irracional no sirve de nada. No hará nada más que alejar del hogar a sus hijos. Alejarlos física y emocionalmente.</p><p> Usted debe saber que el que no le hable sobre las pandillas a sus hijos no quiere decir que no se enterará, lo que sí es casi seguro es que afuera encontrará información incorrecta. Lo mismo pasa con el tema de las malas compañías, del sexo, de las drogas y de muchas cosas más. Creo que en estos tiempos de angustias y tantos riesgos, no queda más que ir de frente en la familia, hablar de todo lo que sea posible, de todo lo que el hijo sienta curiosidad.</p><p>La inquisición quedó en la historia, lo que queda hoy es generar confianza y procurar tener a los suyos cerca emocional y físicamente.</p><p>&nbsp;</p>

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