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En su manual de instrucciones, el Estado salvadoreño no incluye el procedimiento para dialogar con nadie.

El diálogo que el país necesita para tener un futuro exige unas condiciones que ahora mismo son impensables.

¿De qué utilidad es el Estado si su concepción gira esencialmente alrededor de lo que se debe producir y de las licencias y albedrío que reclaman para sí los capitalistas? Un Estado así, tal cual el salvadoreño, solo es útil como herramienta de esos poderes, los poderes económicos reales, y para los burócratas que se convierten en administradores de ese artefacto a través de los dos partidos políticos mayoritarios.

Dicho de otro modo, el repetido triunfo electoral del FMLN y su comportamiento al frente de la administración pública han legitimado de modo definitivo la funcionalidad del Estado, no como garante de los intereses colectivos ni expresión jurídica de las aspiraciones más democráticas, sino como escudo del poder fáctico.

Más la de Funes que la de Sánchez, ambas gestiones demostraron que, pese a su ADN de despojo y su naturaleza antidemocrática, el poder en El Salvador goza de suficientes márgenes para tolerar cuotas de asistencialismo, populismo y política social en sus administraciones.

Así de relevante fue el rol del FMLN en la posguerra: un mayordomo con tantos malos hábitos como su antecesor, pero con una tierna debilidad por la poesía.

Esa visión del Estado, dolorosamente pragmática desde los reducidos y fácilmente reconocibles círculos del poder económico, no puede pervivir. Debe ceder, debe ser conmovida por disfuncional, porque es una tara para el crecimiento de la nación, porque vivir en El Salvador no debe tratarse solo de producir, respetar la propiedad y morir antes de que se acabe tu pensión, porque la democracia no debe resignarse a desarrollarse solo en los espacios que los ciudadanos mendigan entre la prevalencia de los medios de producción, el mercado y la gestión pública.

Desde la clandestinidad y la agresión militar, a la izquierda posteriormente traducida en el FMLN no le fue posible generar ese diálogo. Las conversaciones de paz nunca incluyeron esa posibilidad: la de repensar al Estado, su diseño, su inspiración.

Esa generación dejó de producir pensamiento político muy pronto; desde ese momento y hasta hoy, el Estado se libró del escrutinio, consentido por fuerzas políticas mediocres y una sociedad atarantada por la cháchara, resignada a la cleptocracia.

Los partidos políticos tienen una base social cada vez menor; aunque adquieran formas más refinadas, son una máquina de la cacofonía. Delfines van y vienen, cada vez mejor peinados, con posiciones más ambiguas sobre los temas controversiales, dispuestos a maquillar himnos y a reconocer a los santos prohibidos, pero ARENA y el FMLN solo pueden repetirse una y otra y otra vez. La sociedad aún no lo advierte, pero está 20 años adelante de esas gentes.

Mi esperanza es que, en algunas décadas, una generación más educada y mejor informada consume la caída de ambas instituciones, desdramatice el espectro partidario y produzca el liderazgo civil y auténticamente ciudadano que ahora echamos de menos.

Un mejor país es posible, sí. Pero el Estado debe perseguirlo poniendo al salvadoreño en su centro, no en la periferia, y declarando la guerra a la marginación, no a los marginados.

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