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Toda campaña electoral es un borbollón de palabras: ¿Y cómo hacer para que las palabras se conviertan en hechos?

Hasta el momento, lo que hemos recibido es un vendaval de ofrecimientos, que no están articulados en ningún plan identificable. Esto es lo que habría que reorientar en lo que falta para que la campaña llegue a su punto definitivo, que es la cita en las urnas.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Cuando la democracia está realmente en acción lo que se vive en el día a día es una especie de campaña electoral de baja intensidad, que toma expresión orgánica al acercarse la fecha en que la voluntad ciudadana tiene que manifestarse en las urnas. Desde tal perspectiva, el hecho de que se personalice la competencia en el terreno, independientemente de las fechas reguladas para ello, es una expresión derivada de eso que podríamos llamar la democratización popular de la competencia, que es una forma mucho más explícita de abordar la participación ciudadana, que estuvo tan constreñida en la larga época anterior a que el régimen democrático fuera tomando expresión real en el ambiente.En nuestro país, lo que estamos viendo en lo que a la competitividad representativa se refiere es un dinamismo evolutivo que hace que dicha competitividad se recargue constantemente de sustancia participativa. En otras palabras, el fenómeno de la ciudadanización de la política va tomando cuerpo, y eso ocurre no por voluntad explícita de nadie sino por efecto de la creciente toma de conciencia que se da en los ámbitos ciudadanos en relación con el rol que naturalmente le corresponde a la ciudadanía en la estructuración sucesiva de los organismos estatales. En verdad presenciamos el surgimiento de una nueva dinámica política en la que el poder se va reubicando donde corresponde.

Ahora mismo estamos ya a un poco más de 9 meses para que se realicen las elecciones presidenciales de 2019, y a estas alturas se ha dado ya una gran cantidad de actividad preelectoral en ese ámbito. En lo que se refiere a los dos partidos políticos que vienen siendo los mayoritarios a lo largo de este ya extenso período de posguerra –ARENA y el FMLN–, lo que se tiene es un ejercicio preelectoral de distinta expresión: en ARENA, se ha dado por primera vez una competencia abierta en lo referente a las precandidaturas; en el FMLN, la situación es más compleja, porque los resultados electorales del 4 de marzo han puesto a la dirigencia de dicho partido en ascuas. ¿Qué viene hoy? Es una expectativa inédita, con el agregado de que la opción de Nuevas Ideas está sin duda sobre el terreno.

En estas condiciones, se vuelve aún más notorio el imperativo de darle sustancia al juego de promesas y de proposiciones que hacen los candidatos a asumir la conducción nacional en el plano político durante el lapso de 5 años que dura la gestión presidencial. Y esto empalma directamente con lo que es nuestro presidencialismo tradicional, que ya no es el de antes pero que sigue siendo preponderante en el sistema.

El verdadero reto consiste en pasar de las palabras a los hechos, y para ello se vuelve indispensable poner en esa línea el flujo de las palabras. Es decir, entrar en la disciplina de lo factible. Hasta el momento, lo que hemos recibido es un vendaval de ofrecimientos, que no están articulados en ningún plan identificable. Esto es lo que habría que reorientar en lo que falta para que la campaña llegue a su punto definitivo, que es la cita en las urnas.

Hay dos términos que evidentemente deben orientar dicha faena: creatividad y realismo; y otros dos que se vuelven ineludibles para entrar en fase de realizaciones: compromiso y responsabilidad. Se trata, pues, de que los que aspiren a liderar la conducción del país demuestren que son idóneos para ello, y que su idoneidad es anticipable y verificable.

La campaña constituye el escenario de prueba, y cada movimiento dentro de la misma debe ser tomado como un insumo para la elaboración del juicio ciudadano, que es el que se pronunciará por medio del voto.

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