Toda estrategia de nación que busque prosperar de veras debe ser un plan que se despliegue en el tiempo

Desde el principio habría que tener muy clara y definida la meta: hacer que El Salvador deje de ser una nave a la deriva y se convierta en un proyecto con brújula y con metas.
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Estamos inmersos en una dinámica democratizadora que va más allá de lo que puedan querer los liderazgos tradicionales y que está cada vez más en consonancia con lo que es y viene siendo el sentir y la aspiración de la ciudadanía. Todo lo que hemos vivido en el pasado inmediato, desde que el conflicto bélico llegó a su fin hace ya casi un cuarto de siglo, nos evidencia a las claras que el país no puede continuar viviendo a salto de mata, exponiéndose a cada paso a tropiezos perfectamente previsibles y a peligros y trastornos que se reiteran de manera constante. La pregunta que nos hacemos y que de seguro se hace un número cada vez mayor de compatriotas es: ¿Qué más hace falta para que nos convenzamos de que hay que tener un rumbo claro y compartido y de que no hay ninguna razón valedera para seguir esperando antes de emprender esa tarea definidora y habilitadora?

Ese plan nacional que estamos necesitando desde hace tanto tiempo debe partir de un acto de intención concordante, que ponga a todas las fuerzas nacionales en la misma sintonía de acción. Nadie podría pretender razonablemente que dicho acto de voluntad haga a un lado las diferencias existentes entre sectores y entre grupos organizados; por el contrario, lo que se requiere es que las diferencias enriquezcan el esfuerzo, y eso depende de las actitudes constructivas que todos y cada uno de los gestores asuman como compromiso básico. Es cuestión de que las diferencias se vuelvan sumas positivas en lugar de seguir siendo restas negativas.

En el pasado se habló periódicamente de Plan de Nación, y hasta hubo estructuras gubernamentales creadas para darle vida; pero al final, en los hechos, nada cuajó como parecía previsto; y ello fue así porque nunca hubo un propósito definido y consistente al respecto en los más altos niveles gubernamentales y políticos. Desde hace mucho los salvadoreños tendríamos que habernos visto en el ejemplo de los países que han alcanzado un desarrollo ejemplar, y que siempre lo han hecho a partir del enfoque nacional compartido.

Afortunadamente, es la misma fuerza de la realidad la que empuja de manera decidida hacia la búsqueda de un esquema visionario de país, que haga factible un plan funcional, posibilite asumir una agenda de trabajo en esa línea y articule esfuerzos de todos los sectores en dicha ruta. Desde el principio habría que tener muy clara y definida la meta: hacer que El Salvador deje de ser una nave a la deriva y se convierta en un proyecto con brújula y con metas. Nadie en particular puede hacer esto por su cuenta, se trate de líneas ideológicas, de partidos o de expertos en la materia. La única dinámica que puede llegar a ser funcional es la que parte de un sostenido ejercicio de interacción entre los diversos actores nacionales.

Y tampoco se puede esperar razonablemente que una tarea de tal envergadura se concluya en tiempos apresurados. Hay que aplicar de manera razonable el calendario real, que es el que mueve los hechos en el tiempo, sin permitir que el calendario político actúe como elemento generador de artificios que al final siempre acaban en espejismos inútiles. La clave está en saber lo que hay que hacer y en hacerlo como la realidad indica.

Esperamos que en los meses que vienen se emprenda esta tarea que ya se volvió inaplazable en todo sentido. Si no es así, seguiremos apostándole a no saber hacia dónde vamos.

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