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Toda política de subsidios es proclive a entrar en crisis

Lo que la realidad está demandando, cada vez con apremios más fuertes y reiterados, es contar con un sistema nacional de oportunidades, que no se quede en lo superficial, sino que vaya al fondo.
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<p>Cuando se entra en la dinámica de conceder subsidios, del tipo que éstos fueren, hay que tener presente que las dificultades financieras vienen en camino. Esto no tiene que ver con las justificaciones para concederlos, que pueden ser válidas: se refiere al hecho mismo de ir agregando cargas crecientes a las finanzas públicas. Y destacamos la palabra “crecientes” porque el hecho de recibir ayudas de este tipo se vuelve una práctica adictiva, porque se trata de resolver desde afuera, y sin ninguna contrapartida, necesidades de las muchísimas que agobian a buena parte de la población nacional.</p><p>En las más recientes Administraciones gubernamentales, el tema de los subsidios a sectores determinados del conglomerado social ha venido ganando espacio y relevancia. Esto se entiende en realidad, más que como un compromiso con lo social, como una vía bastante fácil y rápida de acreditarse simpatías ciudadanas. Pero la cuestión se complica sobre todo cuando no hay suficientes recursos disponibles para sufragar los gastos que esta política trae consigo, y cuya tendencia es a ir incrementándose. Lo vemos ahora mismo en el país, cuando las finanzas flaquean y las expectativas de más ayudas vía subsidios se mantienen.</p><p>Ahora hay subsidios que se entregan vía servicios públicos básicos y también vía ayudas directas a los beneficiarios: en especie, como los uniformes y el vaso de leche, o en efectivo, como las cuotas a los adultos mayores. En términos simples, nadie podría estar en contra de que se den apoyos como estos a personas muy necesitadas o a conglomerados como el de los niños que necesitan fortalecer su alimentación para estar mejor habilitados para encarar con éxito su formación educativa. El punto está en lo limitado de estos esfuerzos, que son financieramente gravosos y que sólo alivian las precarias condiciones de supervivencia. </p><p>Sin entrar en polémicas sobre cómo aplicar mejor los fondos que se dedican a estos propósitos, sí es del caso señalar que lo verdaderamente significativo para la suerte de gran cantidad de nuestros compatriotas que sobreviven en forma tan desfavorecida es generar plataformas de acción que posibiliten oportunidades reales y sostenibles de mejoramiento. Oportunidades de educación, oportunidades de empleo, oportunidades de construir futuro. Lo que la realidad está demandando, cada vez con apremios más fuertes y reiterados, es contar con un sistema nacional de oportunidades, que no se quede en lo superficial, sino que vaya al fondo. </p><p>Esto es algo para lo que no hay ni siquiera iniciativas y planteamientos elementales en el ambiente. A lo más que se llega es a ofrecer programas ocasionales de becas y algunas capacitaciones también ocasionales en áreas como computación e inglés. O sea que las cosas se van quedando en el mismo nivel de superficialidad, sin que se organicen las oportunidades que se requieren: aquellas que apunten a la autorrealización plena de los beneficiarios, que deben ser un conjunto masivo y desplegado hasta en los más remotos rincones del territorio nacional. En otras palabras, necesitamos la plenitud y la territorialización de las oportunidades.</p><p>Cuando esto se empiece a dar, podremos ir viendo un auténtico despunte modernizador de las condiciones de vida, proyectado en todos los espacios y niveles poblacionales. Sin abandonar los subsidios hay que pasar a los estímulos. Esa es la vía del efectivo progreso.</p><p>&nbsp;</p>

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