Todas las fuerzas políticas están ante el desafío de reciclarse constantemente

En el caso de los partidos políticos el término clave es renovación continua, tanto de las líneas de acción como de las estructuras encargadas de gestionar planes y proyectos. Uno de los peligros más patentes al respecto es la tendencia a petrificar liderazgos y a fosilizar esquemas de pensamiento.
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Como parte del desenvolvimiento normal de la actividad política e institucional en el país se ha venido haciendo cada vez más notorio el apremio de renovación de las distintas fuerzas que se mueven dentro del escenario nacional. Subrayamos el término “normal” porque la vida por naturaleza es evolutiva, y a esto no puede escapar nadie, y mucho menos todos aquellos que están vinculados o relacionados con el servicio al interés común. Al ser así, la acción política en sus diversos despliegues se halla en la primera fila de los que deben gestionar el cambio partiendo de su propia responsabilidad.

La ciudadanía, como motor democrático fundamental, viene exigiendo, desde hace ya un buen tiempo, que la política corrija sus desvaríos y asuma la dimensión ejemplar y ejemplarizante que le es propia dentro del esquema democrático vigente entre nosotros. No es de extrañar entonces que haya tanto repudio creciente contra las prácticas corruptas en el aparato público, que paradójicamente han venido incrementándose en el curso de la etapa democratizadora. Y dicho repudio se manifiesta de variadas maneras, como quedó patente en el mensaje que la ciudadanía envió el pasado 4 de marzo.

Pero ese reciclaje necesario y vitalizador al que nos estamos refiriendo no debe ser reconocido por las fuerzas en juego sólo cuando las decisiones electorales están sobre el tapete: tal voluntad recicladora tendría que manifestarse como una tarea permanente, en expresión natural del respeto básico a la lógica democrática, que nunca deja de estar en movimiento para cumplir sus fines.

En el caso de los partidos políticos el término clave es renovación continua, tanto de las líneas de acción como de las estructuras encargadas de gestionar planes y proyectos. Uno de los peligros más patentes al respecto es la tendencia a petrificar liderazgos y a fosilizar esquemas de pensamiento. Esto lo hemos venido viendo en el ambiente de manera persistente, y muchos de los errores y de los vicios enquistados provienen de que los idearios no evolucionan y los núcleos de poder no se renuevan.

Desde el punto de vista del ciudadano, que se ha hecho más consciente de su rol y de lo que significa ese rol dentro de la democracia en vivo, la política tal como actualmente se desenvuelve no tiene la credibilidad necesaria para hacerse valer en su verdadera misión: ser la principal promotora de estabilidad con progreso. Y en tanto esto no dé un giro verificable hacia lo que debe ser, continuaremos en las mismas.

Una de las cosas más positivas que se dan en este momento evolutivo es precisamente la evidencia cotidiana de que ahora todo está bajo la lupa y de que la impunidad, sea cual fuere su versión, ya no puede actuar a su antojo. Antes, la política era impune y los que la gestionaban podían gozar de impunidad propia. Hoy, las acciones y las omisiones están mucho más a la vista, y ese es un cambio notable.

Recalquemos que el proceso nacional va avanzando, pese a todo lo que sigue conspirando contra él. Eso hay que valorarlo en serio.

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