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Todo es culpa del mercado

Que El Salvador atraviesa por una de las etapas más difíciles de su historia reciente, nadie lo duda. Incluso, las esperanzas a las que muchos nos aferramos con el Acuerdo de Paz, se han ido desdibujando, para convertirse poco a poco en un elemento más de frustración.
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La situación adquiere características dramáticas, cuando se vierten opiniones de que El Salvador era más vivible durante el conflicto. Esto equivale a decir: salir de las llamas para caer en las brazas.

El proceso democratizador, los espacios ganados en libertades económicas, el ejercicio más notable de la libertad de expresión, la desaparición de los antiguos cuerpos de seguridad, un más claro rol de los tres poderes del Estado –a pesar de los recurrentes ataques de que ha sido objeto la Sala de lo Constitucional desde la Asamblea Legislativa– entre otros logros, palidecen ante la percepción ciudadana de que las formas de comportamiento de algunas minorías están dando al traste con aquellos ideales en torno a la construcción de una sociedad más progresista, humana y solidaria.

Pero por otro lado, vemos a connotados académicos, profesionales y analistas, inclinarse –y esto lo digo con todo respeto– por un enfoque que personalmente considero excesivamente reduccionista. Concretamente, atribuyen la miríada de problemas que confrontamos al desmantelamiento del Estado, para convertir al mercado a una figura divina que todo lo puede. Especial acento ponen en el problema de inseguridad y su efecto en los elevados índices delincuenciales que sufre el país. Pero si ese es el verdadero problema, la solución es fácil: solo basta emular el modelo venezolano e ignorar lo que realmente está pasando allí.

Es cierto que la reforma económica impulsada desde la primera administración de ARENA tuvo en la privatización uno de sus principales soportes. Por consiguiente, esto restó protagonismo al Estado, pero no significó quitarle sus funciones básicas ni recursos para la eficiente provisión de bienes y servicios públicos. En cualquier caso, era la forma más idónea de enfrentar los desafíos de un mundo cada vez más competitivo, lo que no se podía lograr a través de actuaciones gubernamentales, basadas en una administración pública anquilosada y un sector privado amparado por prácticas del mercantilismo más primitivo. Que en casos como el de la banca, la transferencia fue poco transparente, también es cierto, pero tampoco ello minó el papel del Estado.

La relación lineal que se hace, por ejemplo, entre el auge de la delincuencia con la pérdida de control de algunos espacios del territorio nacional no puede ser atribuida al mercado. Más bien es la ausencia de este la que explica la falta de oportunidades para los jóvenes, como también el éxodo masivo hacia el exterior, aunque tenga como contrapartida las remesas. Una explicación distinta es probablemente la existencia de fallas operativas en la labor policial, la falta de recursos (que solo los puede suplir un sistema económico eficiente y dinámico) y sobre todo la indecisión política que subordina el bien común a los intereses bastardos.

Esto no ignora que en el nombre del mercado –o más bien contra la lógica de este– se han cometido barbaridades, como la dolarización, que como lo hemos dicho en muchas oportunidades, explica el magro desempeño de la economía y la excesiva vulnerabilidad del país frente a shocks externos. Y eso lo dice alguien que desde antes de ese paso en falso se opuso a semejante aberración, aunque ahora piensa que revertirla sería repetir la estupidez.

El mercado tampoco es responsable de la caótica situación fiscal y mucho menos de la corrupción. El primero, siendo un problema que nos puede llevar al caos, no deviene de una escasez de recursos estatales. Al contrario, se origina en el desperdicio, la ineficacia y la corrupción misma en la gestión gubernamental. Corrupción que a la vez se nutre de la impunidad, el uso patrimonialista del Estado, el desdén de ciertos actores políticos por la institucionalidad y la aplicación discrecional de la ley para favorecer a los delincuentes... Y esto tampoco es culpa del mercado.

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