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Todo lo que se haga actualmente para normalizar la situación del país se pondrá al servicio de las actuales y las futuras generaciones

El país que tenemos dista mucho del país que queremos, y esa brecha que lejos de reducirse se ha venido expandiendo es una especie de hoyo negro que es urgente reparar para darle paso franco a una dinámica nacional realmente positiva.
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El Salvador está envuelto en una vorágine de adversidades que afectan de manera constante el vivir de la población, prácticamente en todos sus estratos y niveles. Lo que está ocurriendo no es producto de la fatalidad ni de la casualidad: es el resultado acumulativo de no haber hecho a tiempo y en la medida suficiente lo que el mismo proceso histórico nos estaba demandando a los salvadoreños en sus momentos sucesivos, y más en particular a los liderazgos nacionales tanto en lo político como en lo social, en lo cultural y en lo económico. Ahora vivimos en una anormalidad que desde luego tiene diversos énfasis y matices, pero que no deja de estar ahí, a nuestro alrededor y en todo momento. Es dicha anormalidad el principal desafío que enfrentamos como nación y como sociedad.

Ante un panorama semejante, lo que se impone es enderezar todos los esfuerzos nacionales hacia la búsqueda de tratamientos verdaderamente eficaces para los grandes problemas que tenemos entre manos. Lo primero sería hacer una especie de diagnóstico sincero y suficiente sobre las distintas formas de la anormalidad en que vivimos inmersos, para a partir de ahí ir definiendo estrategias y generando políticas que puedan conducir hacia resultados consistentes en todos los sentidos. Enfatizamos estos dos términos, que son claves en todo momento y más aún en el momento actual: estrategias y políticas, porque sin ellas no es factible ningún avance significativo.

Las estrategias que estamos necesitando no pueden ser el simple producto de la activación de intereses desde las esferas del poder: tienen que estar dirigidas a encarar los diversos desafíos que presenta la realidad a cada paso, con la orientación de una brújula insustituible que es el bien común; y en cuanto a las políticas, éstas deben ir inequívocamente de la mano con las estrategias que les den sustento, porque sólo así se lograrán consolidar los esfuerzos hacia el progreso que los salvadoreños anhelamos y merecemos.

Normalizar la situación del país exige mucho más que “medidas extraordinarias” en cualquier área del escenario nacional. Si bien medidas de esa índole pueden ser necesarias en un momento determinado, su función se quedaría a medias si no se parte de un esquema mucho más completo sobre las causas y los efectos de la anormalidad persistente. Los salvadoreños del presente y del futuro están ahora mismo a merced de esa anormalidad que se ha venido expandiendo como plaga que desde luego no se detendrá por su cuenta. Hay que atacar a fondo las causas del mal y controlar sin vacilaciones las consecuencias del mismo.

Aunque el auge del crimen sea la anormalidad más visible y lacerante, hay muchas otras expresiones anormales que no habría que descuidar bajo ninguna excusa. En lo político, en lo social y en lo económico falta mucho por reordenar, corregir y reproyectar. El país que tenemos dista mucho del país que queremos, y esa brecha que lejos de reducirse se ha venido expandiendo es una especie de hoyo negro que es urgente reparar para darle paso franco a una dinámica nacional realmente positiva. Volver de lleno a la normalidad en todos sus aspectos y dimensiones es tarea compartida, de la que nadie puede quedarse al margen sin incumplir la responsabilidad histórica correspondiente.

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