Todo lo que tenemos por delante depende de lo que hagamos hoy por nuestro presente

Estamos entrando ya en la segunda etapa del año, y el hecho de que hace tan poco que nos hallábamos al inicio de 2017 nos evidencia una vez más la aceleración sin precedentes que lleva el tiempo en esta época. En verdad, no es el tiempo el que se acelera por su cuenta, sino que los ritmos actuales son producto de la forma en que los seres humanos vamos moviéndonos en nuestras respectivas esferas. A esta bien se le podría llamar la Era del Vértigo, con todas las consecuencias anímicas, existenciales y aun orgánicas que eso trae consigo. Pero estar inmersos en esta espiral, aunque no haya a mano opciones alternativas, es una contingencia administrable, y precisamente en su adecuada administración se centra la clave de los desenvolvimientos personales y sociales.
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Todo esto va íntimamente conectado con el curso que lleva la evolución. Ésta nunca se detiene, y el tiempo lo que hace es proveerle los instrumentos factibles en cada tramo del avance. El instrumento actual más significativo es la globalización, que se viene expandiendo a lo largo y a lo ancho del mapamundi como un oleaje de alta intensidad y de gran potencia. Evolución y globalización son ahora mismo realidades que nos incumben a todos, en abierto contraste con lo que ocurría en las etapas históricas inmediatamente anteriores. La participación directa en lo que significan tanto la evolución como la globalización es una experiencia que los seres humanos de esta coyuntura tenemos que valorar en forma proactiva.

Lo dicho pone a las generaciones que ya se hallan instaladas como a la que está emergiendo en situación que es al mismo tiempo de compromiso inescapable y de oportunidad inmejorable. Esta ya no es misión que pueda cumplirse en forma parcial ni diferenciada: todos estamos en el barco y la navegación es compartida sin exclusiones. Al ser así, la responsabilidad tanto personal como social adquiere proporciones históricas. Eso va abriéndole lugar a un humanismo de nuevo cuño, que es participativo en el más pleno sentido del término. No hay aún suficiente conciencia de ello, ni siquiera en las sociedades presuntamente más avanzadas; pero habría que confiar en que tal insuficiencia actual será subsanada por el mismo paso del tiempo, que es en definitiva el gran definidor de la vida.

Es preciso reconocer que si bien el presente es el único escenario disponible para desplegar nuestras acciones en el tiempo, dicho presente nunca es una zona aislada, específicamente en relación con el futuro. Al hacer presente estamos sentando bases de futuro, y por consiguiente tiene que haber –para que la vida cumpla su rol a cabalidad– responsabilidad enlazada entre esas dos dimensiones de la temporalidad. No hay duda de que el vivir humano es, como todo, una cadena de causas y efectos, y al perder de vista tal fenómeno natural se dan desconexiones que a su vez se producen en cadena. Es lo que en gran medida ha ocurrido entre nosotros a lo largo de nuestra accidentada trayectoria histórica, con efectos deplorables cada vez más notorios y depredadores.

Apliquémonos, pues, a construir presente en clave de futuro, para que los despistes dejen de ser nuestro pan de cada día, y podamos entrar así, sin más pérdida de tiempo, al efectivo desarrollo de nuestras potencialidades nacionales, en el entendido de que tal replanteamiento de perspectivas no es factible sin las debidas planificaciones también articuladas en cadena. Resulta obvio que nada de eso es alcanzable si no tiene en la base el concurso positivo de todas las fuerzas nacionales, que en muchos aspectos son reacias a entenderse, pero que en definitiva no podrán evadir su responsabilidad histórica.

Lo mejor que le podemos desear al país es que los redireccionamientos inaplazables se hagan sentir sin más demora. Y como esa es tarea a la vez institucional y ciudadana, desde la ciudadanía hay que mover todas las palancas en esa línea. Ojalá que así sea, para bien de todos.
 

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