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Todo progreso verdadero, sea personal o social, viene de adentro

Los factores externos siempre inciden, desde luego, pero nunca pueden sustituir la dinámica autogeneradora. Si la energía motriz no viene de adentro, por más apoyos externos que se tengan no hay cómo asegurar el progreso.
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La tendencia de las percepciones actuales se dirige a hacer sentir que los seres humanos somos esclavos del éxito y que éste se determina fundamentalmente por las circunstancias externas. El efecto inmediato de tal percepción tan globalmente generalizada es la creciente deshumanización de la vida, que se muestra de las más diversas maneras en los ambientes específicos. Es cierto que también existe por todas partes una enorme gama de esfuerzos destinados a estimular los valores básicos de la sana convivencia, pero el efecto general que prevalece es el derivado de ese predominio invasivo de lo material, que deja por fuera todo lo que no sea ganancia cuantificable, beneficio indiscriminado y atesoramiento obsesivo.

Dadas tales condiciones prácticamente en todas partes, no es de extrañar que lo que se esté viviendo en esta hora de la historia sea una distorsión en espiral, que amenaza con exiliar sin retorno al ser humano de su propia naturaleza. Basta hacer un breve recorrido por lo que está pasando en diversas latitudes para constatar que eso que llamamos distorsión en espiral no reconoce fronteras de ninguna índole, y que igual se da en naciones de gran poderío que en sociedades que apenas han comenzado a emerger hacia el progreso como ahora se entiende. Es como si el proceso histórico, al ubicarse en el escenario más abierto de todos los tiempos, estuviera queriendo experimentar un arriesgadísimo juego del tiempo.

Los seres humanos nos movemos en la temporalidad, pero con un límite muy preciso: nuestra propia vida. Cuando decimos, por ejemplo, que el tiempo pasa, lo que en verdad queremos decir es que la vida pasa. Al ser así, nada de lo que nos ocurre, personalizadamente hablando, puede ser ajeno a nuestro ser individual, que es cuerpo y alma a la vez. En tal sentido, cada uno de nosotros responde de sí mismo, independientemente de las circunstancias que rodeen a cada quien. Dice la sabiduría popular: “Cada cabeza es un mundo”. Y si cada cabeza es un mundo vivimos en realidad en un universo de variedad sin límites, en el que no hay planeta que se repita. Tal irrepetibilidad es el signo más revelador y significativo de la vida, y el que le da sentido natural.

Lo que se quiere señalar es que cada ser humano es un proyecto que surge de las interioridades más profundas del propio ser. Desde luego, las circunstancias ayudan u obstaculizan, según sean y según se presenten; pero lo que verdaderamente determina la suerte del proceso existencial es el empeño que ponga el individuo en ponerse al frente de su destino. Dicho esto así parece una expresión más intelectual que real, pero lo que se advierte siempre en la sucesión de los aconteceres humanos es que la incidencia de la voluntad es la clave de todos los resultados posibles, para bien y para mal. Esto significa que en la persona está el llavero de sí misma, y el uso de las llaves es lo que determina a qué vías se puede tener acceso.

Pero no sólo los individuos personalizados viven esta realidad, ya que las diferentes formas de organización social, lo cual incluye a las naciones, también se rigen por la misma lógica básica. Para que un país sea viable y próspero es indispensable que sus fuerzas interiores se hagan cargo de empujar la tarea. Los factores externos siempre inciden, desde luego, pero nunca pueden sustituir la dinámica autogeneradora. Si la energía motriz no viene de adentro, por más apoyos externos que se tengan no hay cómo asegurar el progreso. Nuestro país tiene que reconocer esta verdad para activarse en la forma debida. De lo contrario, seguirá imperando el despiste en formas cada vez menos controlables.

Todo lo anterior nos lleva a considerar que se necesita darle nuevos impulsos inspiradores al espíritu nacional en todos los órdenes. Ese espíritu está aquí y seguirá aquí, aunque las ráfagas negadoras continúen golpeando fuerte en todo sentido. Los salvadoreños, como individuos y como colectividad, tenemos urgencia de insumos reparadores y regeneradores. Esa es la primera tarea nacional por hacer. Hay que ir al fondo de todo lo que está en juego para desde ahí revitalizar los motores de la evolución, en cada persona y en el conjunto de la sociedad. El país tiene que empezar a verse hacia adentro, para no continuar el vagabundeo inútil alrededor de sí mismo. Cada día que pasa sin hacerlo es una pérdida irrecuperable.

Tags:

  • desarrollo
  • progreso
  • individualidad

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