Todos los días nos levantamos preguntándonos: ¿Y ahora qué viene?

Entretanto, cada mañana nos despertamos con la pregunta del encabezado: ¿Y ahora qué viene? Ni el individuo ni la sociedad pueden vivir en la incertidumbre perpetua. Eso desgasta y trastorna al mismo tiempo.
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La realidad que nos rodea, tanto en el país como en la región y en el mundo, es un tejido de círculos concéntricos, a cual más desconcertante y desafiante. Lo vemos directamente en las imágenes cotidianas, que no tienen fronteras en el impulso virtual. La humanidad convive por primera vez en esta forma, y acostumbrarse a ello es mucho más que activar teclas o mover símbolos a toda hora y en cualquier parte. Estamos rodeados de humanidad, y por ende estamos rodeados también de inhumanidad. Lo humano en su crudeza y en su sutileza se manifiesta sin descanso. Y ante ello, los seres individualizados que somos tenemos que aprender a movernos en un mundo que no se cansa de hacernos sentir sus contrastes y sus exabruptos.

Hay conflictos no resueltos por largo tiempo y otros que van brotando a cada instante. El mapamundi está sobrecargado de conflictividad, y si se hiciera un resumen demostrativo de la misma lo que saldría es la graficación de lo humano en crisis permanente. Pero no tomemos esto como una fatalidad irremisible. Por el contrario, todas las pruebas actuales, de las cuales nadie puede sentirse ajeno, porque la globalización de las causas y los efectos cierra toda rendija por donde evadirse, son el mejor ejemplo de ese doble enlace permanente entre desafíos y oportunidades. Estamos en un momento histórico nacional, regional y global en el que las oportunidades y los desafíos se vuelven aún más apremiantes en conjunto.

En lo que al país se refiere, y como tantas veces se ha repetido desde distintas perspectivas y con diferentes énfasis, hay dos cuestiones vitales, que agitan permanentemente su incandescencia problemática sobre el diario vivir: la inseguridad ciudadana en descontrolada expansión y la insuficiencia crónica del crecimiento económico. Como es natural, dada la respectiva naturaleza de tales problemas, la inseguridad provoca angustia urgente y la insuficiencia económica produce desasosiego constante. Pero en realidad ambos aspectos problemáticos están socavando, cada uno a su manera, la paciencia de la ciudadanía, lo cual va generando cárcavas muy peligrosas y amenazantes en todo el terreno de la vida nacional.

Es muy del caso recordar, entonces, que la impaciencia ciudadana se vuelve también un riesgo que no hay que perder de vista, porque si traspasa los límites de lo soportable puede conducir a situaciones verdaderamente calamitosas. La migración se ha vuelto un desagüe forzoso ante la imposibilidad de asegurar seguridad y bienestar en el ambiente, sobre todo para aquéllos que se encuentran en condiciones socioeconómicas más desfavorecidas; pero una válvula de escape, que en muchas circunstancias opera por emergencia personal o familiar, no puede ser considerada como parte de la normalidad de la vida en una sociedad determinada, en este caso la nuestra. Hay que recomponer las estructuras nacionales para avanzar hacia soluciones sostenibles.

Y las estructuras básicas por recomponer son las actitudinales. La actitud más contraproducente y perversa es la que va dejando esfuerzos inconclusos por falta de voluntad de reconocer que todos los tratamientos eficaces necesitan continuidad en el tiempo. En la gestión política esto se manifiesta de manera patente. Por eso decimos que los gobiernos que llegan lo hacen bajo el síndrome del Primer Día de la Creación (antes de mí, la Nada, o algo parecido a ella), y concluyen bajo el síndrome del Desprendimiento (después de mí, el Diluvio). Y dicha tendencia es generalizada, aunque los países que tienen mayor madurez democrática padecen significativamente menos tales distorsiones. El ejercicio democrático, por su propia naturaleza, es siempre un encadenamiento responsable de causas y efectos.

En lo que toca a nuestro país, es hora de que la racionalidad impere en el ejercicio del poder político. Y eso implica generar predictibilidad en todo el accionar público, a la vez que dinamizar la participación ciudadana como indispensable palanca de lo que debe ser. Sólo un manejo verdaderamente racional puede hacer que la democracia pueda moverse con la naturalidad; es decir, con las energías interactivas que le son propias. Entretanto, cada mañana nos despertamos con la pregunta del encabezado: ¿Y ahora qué viene? Ni el individuo ni la sociedad pueden vivir en la incertidumbre perpetua. Eso desgasta y trastorna al mismo tiempo.

Afortunadamente, la realidad misma está moviendo cada vez más los mecanismos de la buena marcha. Hay aún múltiples resistencias a ello, porque los vicios heredados son las peores retrancas de cualquier avance normal; pero no perdamos la esperanza ni dejemos de lado la fe.

Tags:

  • humanidad
  • globalizacion
  • ciudadania
  • democracia

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