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Todos los entes estatales deben dar el buen ejemplo en el manejo de los ingresos y en la disciplina del gasto

Uno de los vicios más erosionadores de la normalidad institucional es el que se plasma en la mala administración de los ingresos y en la abusiva disposición de los gastos. Esto no es de hoy, pero viene intensificándose como práctica negativa en la medida que pasa el tiempo sin que se den las correcciones ordenadoras y moderadoras que se hacen imperativas.
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La Prensa Gráfica

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De resultas de lo dispuesto por el electorado sobre la composición de la legislatura que entró en funciones el pasado 1 de mayo, hay una nueva conducción de la misma, que ha comenzado por hacer una revisión de las condiciones financieras que se dan ahora mismo en dicho Órgano fundamental del Gobierno. De resultas de dicho análisis, el Presidente de la Asamblea ha dado a conocer que hay un déficit financiero que podría provocar un colapso institucional por la falta de fondos para cubrir la gran cantidad de plazas creadas en los tiempos más recientes dentro de dicho Órgano, y sobre todo en las semanas inmediatamente anteriores a la finalización de la anterior legislatura. Según dichos datos, el déficit es de 1.9 millones de dólares para pago de salarios.

Uno de los vicios más erosionadores de la normalidad institucional es el que se plasma en la mala administración de los ingresos y en la abusiva disposición de los gastos. Esto no es de hoy, pero viene intensificándose como práctica negativa en la medida que pasa el tiempo sin que se den las correcciones ordenadoras y moderadoras que se hacen imperativas. En el fondo de todo esto hay un problema funcional conectado con la indisciplina endémica que caracteriza nuestra práctica institucional prácticamente desde siempre. Cuando el comportamiento se rige por las normas del buen tino y de la razón consecuente todo va fluyendo hacia la normalidad que se requiere para progresar de veras; cuando eso no es así, lo que se da y prolifera es el desorden que es la fuente de todos los vicios y de todas las inconsistencias, como lo tenemos visto a la primera ojeada de nuestra realidad que ya se volvió endémica al respecto.

Como hay cada vez más conciencia en los diversos ambientes sociales de que la disciplina en el manejo de los recursos públicos constituye un requisito básico de estabilidad del sistema, se están viendo señales cada día más notorias de que sobre todo los que van llegando a ocupar posiciones de relieve en el aparato estatal se manifiestan dispuestos a poner orden en las respectivas áreas financieras. Pero no hay que confiar sólo en los impulsos que irrumpen al inicio: habría que ir poniendo a prueba la efectividad real de las medidas propuestas y, desde luego, su efectiva continuidad en el tiempo, que es donde se mide la consistencia y la solidez de las políticas renovadoras.

Todo esto tiene que ir vinculado de manera muy estrecha con los esquemas de lucha contra todas las formas de corrupción institucional, que están ahora bajo la lupa tanto de la ley como de la ciudadanía. En otras palabras, la disciplina reconstructiva debe extenderse cuanto sea necesario a fin de que no queden espacios por donde el desorden o la criminalidad puedan colarse para continuar haciendo de las suyas.

En gran medida estamos como estamos porque han fallado los controles de las conductas principalmente en el área pública. Esto hay que recomponerlo de tal manera que nada pueda escapar al escrutinio legal y ciudadano. Respetar lo que ingresa y ajustar lo que egresa son requisitos de buen gobierno desde cualquier ángulo que se vean tales movimientos.

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