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Todos los salvadoreños debemos comprometernos a que las señales que prevalezcan en el ambiente sean del todo positivas

Lo que se impone como responsabilidad histórica compartida es poner la sensatez por encima de las pasiones y consolidar la normalidad en función del progreso.

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Independientemente de cuáles sean las percepciones particulares y de grupo respecto de la situación nacional, lo que todos debemos tener en cuenta en todo momento es el hecho de que la realidad se va moviendo no al ritmo de los juicios que se hagan sobre ella sino en razón de los factores que se mueven en el escenario nacional. Es decir, lo subjetivo importa, pero lo objetivo es siempre lo que en definitiva más pesa, aunque los fuegos artificiales de la palabrería en constante ebullición tienden a ganar toda la atención en los momentos respectivos. Por eso hay que comprometerse en serio a actuar en todo lo que corresponda, midiendo los gestos y las palabras, que pueden convertirse en retrancas del fenómeno real.

Nuestro dinamismo de los tiempos más recientes y de los días más inmediatos nos debe hacer reflexionar a fondo sobre las oportunidades que están en juego y sobre los riesgos que pueden correr dichas oportunidades si hay acciones o reacciones que tienden a quebrantar el esquema. Ejemplo típico de ello es, en estos días, lo que ocurrió en la Asamblea Legislativa el domingo 9 de febrero. Un golpe de efecto impulsado sin medir las consecuencias ha venido a despertar una oleada de incertidumbres tanto en lo interno como en lo internacional; y cuando algo así se produce, las consecuencias adversas pueden volverse incontrolables. Porque hay que entender sin reservas ni evasivas que los gestos y las palabras no se recogen, y cuando tienen carácter eruptivo mucho menos.

Cuando se está en un momento de evolución política como el que vivimos actualmente, es de esperar que surjan diferencias muy intensas y cargadas de emotividad que tiende a salirse de control; y por eso mismo hay que redoblar esfuerzos en la línea de administrar las acciones y controlar las reacciones, para que la dinámica nacional no se salga de control. El Informe de Coyuntura Legal e Institucional del segundo semestre de 2019 presentado por FUSADES deja ver que en dicho período tanto el clima de inversión y negocios como la percepción de seguridad mostraron prometedoras mejorías; pero este hecho es matizado de inmediato por lo que ocurrió el 9 de febrero, cuando quedó en claro entredicho la certidumbre jurídica y política que es tan vital para que todo se vaya desenvolviendo en clave de normalidad.

En esta precisa coyuntura habría que recordarles contundentemente a todos los actores nacionales, y muy en especial a los actores políticos que se mueven dentro de la institucionalidad en los diversos niveles de la misma, algo que viene siendo conocido y experimentado desde siempre: no hay que jugar con fuego, porque el que lo hace es el primero que queda en riesgo de quemarse.

Lo que menos merece nuestro país en las actuales circunstancias evolutivas de su proceso es padecer incendios provocados. Por el contrario, lo que se impone como responsabilidad histórica compartida es poner la sensatez por encima de las pasiones y consolidar la normalidad en función del progreso.

La competitividad democrática no debe convertirse en escenario de conflictividades extremas, porque por esa vía se llega a los peores desfiladeros colectivos. Lo que todos tenemos que potenciar, con nuestras intenciones y nuestras conductas, es la sana administración de las diferencias en un clima de respeto mutuo y de efectividad progresista, que es lo que los salvadoreños más necesitamos, más allá de cualquier diferencia de percepción o de temperamento.

No se trata de una lucha que defina vencedores y vencidos, porque ese es un artificio que acaba siendo la peor apuesta de todas. De lo que se trata es de que el país avance para beneficio de toda su gente sin excepción.

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Tags:

  • realidad
  • oportunidades
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