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Tolerancia, respeto, creatividad y perseverancia, bases insustituibles de una convivencia que funcione

Nuestra sociedad está marcada por una tradición que fue desarrollando múltiples distorsiones a lo largo del tiempo.
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Tolerancia, respeto, creatividad y perseverancia, bases insustituibles de una convivencia que funcione

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Todo tiene en la vida su punto de arranque, que nunca es un tiro al aire, porque se da dentro de la interminable cadena de las causas y los efectos. En el caso salvadoreño dicho punto de arranque se activó prácticamente desde el origen de nuestra vida republicana, cuando se dejó de lado el imperativo de sentar bases de convivencia democrática, aunque fuera conforme a los esquemas prevalecientes al respecto allá en la primera mitad del siglo XIX. Por el contrario, lo que creció desde aquellos entonces fue la tendencia al dominio absolutista del poder, con lo cual se fueron abriendo fisuras de división política y socioeconómica que llevaron, con el paso de los decenios, a que la sociedad salvadoreña fuera una sociedad dividida, hasta el punto que tal división llegó a parecer natural e irremediable, con todos los efectos de deslave de la identidad nacional y de resecamiento progresivo de las energías más frescas.

La división producto de distorsiones y de desajustes es el mejor caldo de cultivo de la violencia. Así, la realidad salvadoreña fue acumulando virus autodestructivos, que inevitablemente provocaron el quebranto final encarnado en la lucha bélica. Lo nuestro no fue, ni mucho menos, un conflicto generado por factores de ocasión: éstos lo que hicieron fue contribuir a que las condiciones de la profunda división acumulada le abrieran paso al choque definitivo. Afortunadamente muchos componentes nacionales e internacionales contribuyeron a que la solución rompiera la pauta que parecía fatalmente establecida, y así en vez de haber armas triunfantes hubo razones prevalecientes.

Pero a partir de 1992 se ha venido dando una dinámica que en muchos sentidos recuerda lo que ocurrió inmediatamente después de que El Salvador emergió como nación independiente: un escenario de grandes oportunidades nuevas que tiende a volverse borroso por las resistencias a tomar las iniciativas del progreso con la voluntad y la visión debidas. Pero las épocas tienen cada una lo suyo, y en los momentos actuales ya no es factible mantener a salvo la modorra social que fue por tanto tiempo la mejor salvaguarda del poder abusador, pues la ciudadanía está cada vez más alerta y decidida a pugnar por lo suyo. Poniéndonos en tal perspectiva hay que encarar ahora los desafíos del presente, que son de la más variada índole, desde anímicos y actitudinales hasta metodológicos y de proyección.

Los que tienen poder en este momento, sean Gobierno u oposición, y las diversas fuerzas sociales y económicas están hoy mismo ante el reto más trascendental de todos: hacer país practicando la tolerancia, el respeto, la creatividad y la perseverancia. Nada de esto se dará por impulso mecánico, porque si algo hay que trabajar siempre son los cambios evolutivos de la conducta, y más aún cuando se viene de una larga historia de trastornos arraigados progresivamente. Vuelve a aparecer entonces la pregunta indicadora: ¿Por dónde empezar esa tarea tan determinante?

Hay que empezar por un acto de voluntad que aunque teóricamente parezca simple tiene complejidades de alto voltaje. Nos referimos a la voluntad de salir conceptualmente del pasado para reconocer la prevalencia funcional del presente. Y desde ahí poner a actuar lo que enumerábamos: tolerancia para reconocer las diferencias naturales; respeto para interactuar sin descalificaciones inútiles; creatividad para fomentar las potencias regeneradoras; perseverancia para ir ganando tiempo en la medida que hay acción coordinada.

Todo lo anterior nos lleva a considerar que el país lo que más está necesitando, y con creciente urgencia, es que los salvadoreños nos hagamos cargo de nuestra misión como tales. Asumamos en serio que si nos desentendemos de la suerte del país en realidad nos estamos desentendiendo de nuestra propia suerte. Hay que mover en armonía lo personal y lo colectivo. Es lo que, en términos más entrañables, significa hacer Patria.

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