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Trabajar por la normalización del clima tendría que convocarnos a todos a un compromiso sin fronteras

Lo que hay que hacer, sin tardanzas ni evasivas, es habilitar estrategias que, en lo posible, amortigüen y minimicen los efectos de la disfuncionalidad climática.

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El descontrol climático se ha vuelto de manera crecientemente acelerada uno de los factores más perturbadores de la normalidad de la vida en las más variadas zonas del planeta. Los estragos del efecto invernadero se están haciendo sentir por doquier, y la elevación de las temperaturas atmosféricas va en consonancia con la destrucción galopante de las áreas boscosas, que tiene como ejemplos patéticamente vívidos y actuales los incendios arrasadores en la selva amazónica, en California y también en Australia. Cuando se contemplan tales estragos, que son como una plaga incontrolable, queda a la vista que los seres humanos somos cómplices de tal estado de cosas, porque los intereses egoístas sin límites se están imponiendo cada vez más sobre las responsabilidades inherentes a este momento tan crítico de la realidad natural.

La flora y la fauna así como la especie humana están expuestas a innumerables peligros, muchos de los cuales son generados por el llamado cambio climático, que hace de las suyas en todas las latitudes, con una agresividad que nunca se había manifestado como lo hace ahora. También los océanos y los mares reciben los impactos de esta descomposición del clima, y así vemos cómo los glaciares se van esfumando y cómo las inundaciones proliferan de modo incontrolable. Lo que sucedió hace muy poco en Venecia nos recuerda, con patética elocuencia amenazante, que cualquier cosa se puede esperar de aquí en adelante.

En un país como el nuestro, los trastornos de los ciclos estacionales golpean de modo indiscriminado. Así, ya no hay ninguna disciplina ni en los tiempos lluviosos ni en las épocas secas, y eso tiene traumáticas consecuencias en las actividades agrícolas, que se ven afectadas por este descontrol generalizado, que se refleja en las pérdidas económicas así como en las formas de vida de los habitantes de dichas zonas. Ante todo esto lo que hay que hacer, sin tardanzas ni evasivas, es habilitar estrategias que, en lo posible, amortigüen y minimicen los efectos de la disfuncionalidad climática, a la que cada día estamos todos más expuestos.

Temas de alto impacto para la supervivencia de todas las especies como es el referente al agua se han hecho virales en estos años de escaseces crecientes. En el curso de su visita a nuestro país en los primeros días de diciembre recién pasado, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos puso de relieve que El Salvador es el país con menos disponibilidad de agua dulce per cápita en Centroamérica. Datos como éste deben contribuir al despliegue de iniciativas que contribuyan a asegurar un manejo más responsable de todos los recursos naturales, que en tantos sentidos se van deteriorando y agotando con todos los riesgos inherentes. Es cierto que los fenómenos de la Naturaleza cambian por su propia evolución, pero también lo es que las acciones humanas, como decir el incremento agresivo de la emisión de gases de efecto invernadero y la expansión de las contaminaciones de todo tipo, contribuyen al gravísimo deterioro actual.

Las naciones económicamente más poderosas son las que deben ponerse en la primera línea de la estabilización climática, porque su accionar ha sido uno de los factores desencadenantes de esta nueva situación global al respecto.

Pero insistimos en que el tratamiento de toda esta temática cada vez más compleja y alarmante es responsabilidad de todos, desde el que lanza basura en la calle y plásticos al agua hasta el que satura la atmósfera de sustancias venenosas.

Advirtamos que de seguir las cosas como están en este campo, las consecuencias sucesivas van a ser crecientemente traumáticas, con deterioros sin fronteras y adversidades sin límites. Es lo que hay que remediar y evitar.

Tags:

  • efecto invernadero
  • cambio climático
  • estrategias
  • agua

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