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Trabajar unidos implica ponerse de acuerdo razonablemente

La problemática del país se ha venido enredando porque nadie hace lo posible por entenderse con nadie más allá de los acuerdos teñidos de contubernio.
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El candidato presidencial del FMLN, en declaración reciente, ha instado a la empresa privada a deponer temores y a trabajar unidos para que el país salga adelante. Esta exhortación se da dentro de una atmósfera tensionada por los cuestionamientos a Alba Petróleos. Al respecto, tendría que partirse de un esclarecimiento pleno de lo que realmente es y de lo verdaderamente se propone Alba Petróleos, que no es una empresa común, sino que tiene un fundamento y un propósito de indudable naturaleza política. Pero aparte de este tema, que merece las debidas aclaraciones, no de forma sino de fondo, el llamamiento debería ser un compromiso para el esfuerzo conjunto entre el Gobierno, los sectores políticos, los sectores empresariales y los sectores sociales.

Desde luego, en el ambiente los simples llamamientos de palabra ya no convencen a nadie, vengan de donde vinieren, porque la experiencia reiterada a lo largo de los tiempos de posguerra indica que en este punto lo que ha imperado es la retórica ocasional, en vez del convencimiento funcional. Crear las condiciones para ese ejercicio de “trabajar unidos” no presenta ninguna dificultad insalvable, sobre todo después de que fue posible culminar de manera tan fructífera el esfuerzo negociador que condujo al final definitivo del conflicto bélico. Y menos comprensible resulta el atascamiento actual cuando muchos de los actores de aquel acuerdo siguen ocupando posiciones tan relevantes en el escenario político nacional.

Lo primero que habría que poner en juego es la racionalidad de lo que cada quien propone y el análisis desapasionado de lo que proponen los demás. Y aquí tocamos un punto verdaderamente crucial: la racionalidad. Con emociones desorbitadas, con temperamentos descompuestos, con ambiciones fuera de control, con intereses ocultos, con prejuicios desfasados no se llega a ninguna parte y más bien se extravía el rumbo.

Por desgracia, todo eso es lo que abunda en el escenario del quehacer nacional, como si las lecciones de la guerra y de la paz fueran letra muerta. La problemática del país se ha venido enredando porque nadie hace lo posible por entenderse con nadie más allá de los acuerdos teñidos de contubernio. Y más claro no puede estar que la realidad deja cada vez menos márgenes para que esa tendencia tan arraigada siga manteniéndose. Por el contrario, lo que se hace evidente como imperativo es la necesidad de entrar en esfuerzos de diálogo verdadero, que no sean recursos de figuración mediática sino ejercicios de auténtico patriotismo en acción.

Una de las ofertas más sensibles y responsables que se espera de los candidatos presidenciales es precisamente la que se refiere al compromiso de asumir su tarea conductora con ánimo integrador comprobable. Esto implica que la campaña no sea una pelea de barriada sino un cotejo de propuestas sustanciales, realistas y compartibles. De otra manera, seguiríamos en las mismas, con efectos cada día más deplorables para el país y para todos.

El Gobierno que tome las riendas en 2014, más allá de la línea partidaria que le sirva de vehículo y de acompañamiento, se enfrentará con desafíos inaplazables de alta complejidad, con una sequía financiera anunciada y con apremios competitivos crecientes. Las únicas energías nuevas disponibles serán las que puedan surgir de un tratamiento efectivamente nacional de todos los problemas.

Tags:

  • debidas aclaraciones
  • simples allanamientos
  • retorica ocasional

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