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Tranquilos. Aquí no pasará nada

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José Roberto Osorio

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Aunque con voz grave y con la mano en la barbilla, algunos predictores del futuro, que siempre fallan, de cara a los hechos recientes en el Cono Sur afirmaban que "una ola revolucionaria recorre el espinazo de América Latina" y en consecuencia faltaban días para que en países cercanos, incluido el nuestro, se desataran las protestas que cambiarían la historia, la verdad es que tales aseveraciones y deseos personales están muy lejos de cumplirse en este país. Además, ese planteamiento es un contrasentido porque la mayoría de países en donde estos hechos han ocurrido están o eran gobernados por personajes supuestamente de izquierdas.

Por ejemplo en uno de los países más australes, las protestas se habían iniciado contra una presidenta de izquierdas, a quien mediante los votos, los electores cambiaron por una persona de signo político contrario, es probable que como castigo por los problemas que ocurrieron durante su administración. Las tensiones acumuladas estallaron en el nuevo gobierno del país, considerado ejemplar por sus avances económicos y sociales, describiéndose los hechos como "un mar de indignadas protestas sociales, vandalismo, saqueos, golpizas, toques de queda en varias ciudades, muertos, cientos de heridos y detenidos...".

En apego a la objetividad, conviene explicitar las razones por las que se plantea que nada de lo pontificado por algunos va a suceder en estos lares.

En este país todavía hay luna de miel. Así lo demuestra la excelente y oportuna publicación de LPG Datos, informando que el presidente de la República cuenta con una aprobación del 88 % de los entrevistados. Esta evaluación, notablemente alta, se debería a la mejora en la seguridad. Asimismo, la mencionada encuesta señala que la mayoría de los opinantes considera "que con el actual presidente el país va por el rumbo correcto" (64.6 %).

En tal situación, es muy difícil que se produzcan acciones sociales y políticas que afecten al gobierno actual.

Por otra parte, no existen en la actualidad organizaciones políticas y sociales que pudieran gestar y liderar un proceso que desestabilizara a la actual administración pública. Los partidos políticos de mayor tradición se encuentran en crisis, uno canibalizándose entre sus miembros y el otro sin entender todavía lo que ocurrió en las elecciones pasadas. No hay tampoco organismos de la sociedad civil con la fuerza y capacidad para generar un movimiento que pudiese inquietar al gobierno.

Un informe publicado hace ya algunos años señalaba que los salvadoreños no se caracterizaban precisamente por su nivel de organización social o sociabilidad. Se mostraba como ejemplo que las personas se abstenían de participar incluso en las "sociedades de padres de familia". Con una sociedad tan desintegrada, es difícil que los ciudadanos encuentren aspectos comunes que les provoquen esfuerzos de unidad y participación. Los trabajadores, que en otros países son un importante factor de movilización social, tienen un nivel bajo de organización y de participación.

Además, es evidente que los salvadoreños se encuentran en la base de la Pirámide de Necesidades Sociales de Maslow, que indica que la mayoría de personas se encuentran resolviendo las necesidades fisiológicas y básicas –alimentos, salud, respiración, descanso– y mientras no las satisfagan no pueden pasar a niveles superiores, como el tercer estrato –desarrollo afectivo, asociación, aceptación social–. Debe agregarse el impacto de la pobreza y el bajo nivel de escolaridad alcanzado, como factores de desorganización y escasa participación social.

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