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Trece virtudes para fundamentar un plan de mejora moral

Hacer referencia a la conciencia moral como fundamento del desarrollo personal y comunitario es siempre refrescante e inspirador.
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Trece virtudes para fundamentar un plan de mejora moral

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 En esta ocasión, y en la atmósfera propia de estos días tan propicios para la reflexión espiritual, he abierto de nuevo un pequeño libro en rústica, que perteneció a mi suegro y pariente don Luis Escalante Arce, y que fue escrito por uno de los personajes más cercanos intelectual y moralmente a don Luis: el prócer estadounidense Benjamín Franklin. La obra se titula “El Libro del Hombre de Bien”, y está constituido por una suma de prosas breves de alta densidad motivadora y de evidente virtud comunicativa. Tomo, pues, de ahí, un fragmento que, por su claridad y elocuencia, no necesita más comentario:

“En varias enumeraciones de virtudes morales que había encontrado en mis lecturas, la lista era más o menos extensa, según el mayor o menor número de ideas que cada escritor comprendía bajo un mismo título: por ejemplo, los unos aplicaban solamente la palabra templanza a la bebida y comida, mientras otros la extendían a la moderación de toda suerte de placeres, apetitos, inclinaciones y pasiones del cuerpo y del alma; y aun hasta a la avaricia y a la ambición. Por amor a la claridad, tomé el partido de emplear más nombres con menos ideas, más bien que expresar más ideas con menos nombres, reuniendo bajo trece denominaciones de virtudes todo lo que entonces se me ocurrió como necesario o apetecible; y a cada una de ellas añadí un corto precepto para expresar la extensión que yo daba a su significación.

“He aquí los nombres de sus virtudes con sus preceptos: TEMPLANZA: No comáis hasta entorpeceros, ni bebáis hasta perder el sentido. SILENCIO: No habléis sino lo que puede ser útil a los otros o a vosotros mismos. Evitad las conversaciones ociosas. ORDEN: Que en vuestra casa cada cosa tenga su lugar, cada negocio su tiempo. RESOLUCIÓN: Resolveos a hacer lo que debéis, y no dejéis de hacer lo que hubiereis resuelto. ECONOMÍA: Los gastos que hagáis sean únicamente para el bien ajeno o para el vuestro; es decir, no disipéis nada. TRABAJO: No perdáis el tiempo. Ocupaos siempre en alguna cosa útil. Absteneos de toda acción que no sea necesaria. SINCERIDAD: No uséis de inicuos artificios; pensad con sencillez y justicia, y hablad como pensáis. JUSTICIA: No hagáis mal a nadie, ya sea perjudicándole o ya omitiendo hacer el bien a que os obliga vuestro deber. MODERACIÓN: Evitad la cólera. Guardaos de resentiros de las injurias tan vivamente como os parecen merecerlo. LIMPIEZA: Sed limpios en vuestros cuerpos, en vuestros vestidos y en vuestra habitación. TRANQUILIDAD: No os incomodéis por pequeñeces, ni por ocurrencias ordinarias o inevitables. CASTIDAD: Usad con comedimiento los placeres del amor. HUMILDAD: Imitad a Jesús y a Sócrates”.

Virtudes básicas, sin duda. Tanto así que la mera lectura de estos párrafos de Franklin nos trae de inmediato la sensación de lo elemental, conocido desde siempre. Y, a la vez, de lo no practicado desde siempre. Tendría que surgir también de inmediato un cuestionamiento referido a la conducta que prevalece en contraste con la que tendría que hacerse valer: ¿Por qué somos tan tozudamente reacios a ajustarnos a las normas de conducta y de vida que la sana razón nos pone a la orden, con mil comprobaciones de que ir por las sendas contrarias complica la vida y desactiva el progreso personal? Es claro que la educación del carácter y de la conducta no ha desempeñado el rol que le corresponde, en ningún tiempo y latitud, aunque haya, desde luego, variantes según las épocas y los países.

La virtud es producto de la práctica, y por ende es determinante darle seguimiento personal a la forma en que se cumplen o se incumplen los mandatos del buen proceder. Franklin propone en su libro que cada quien lleve un cuadernillo donde se puedan anotar cotidianamente los aciertos o los fallos en el manejo de las virtudes aludidas. Desde luego, cada quien es libre de sujetarse a su propio método. Lo importante es tener alguna forma de medir el progreso o el retroceso de la propia conducta.

Al fin de cuentas, independientemente de la edad y de la formación y condiciones de cada quien, todos somos aprendices a lo largo de la vida, y reconocer tal condición es pieza clave en el desarrollo personal, sobre todo cuando se trata de las funciones anímicas y espirituales. Esto lo demuestra reiteradamente la experiencia.

Hay que escapar cuanto antes del perverso equívoco que induce a creer que una vida virtuosa es una vida sin relieve ni emoción. En este ámbito de realización, las recompensas son tangibles y cotidianas. Nunca se llega a los niveles de la perfección, pero el esfuerzo de perfectibilidad va dejando frutos cada vez más gratificantes y nutritivos para el ánimo y para el ánima. Ahí calza a la perfección el mandato bíblico: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”.

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