Tregua

La tregua, su parto y muerte fueron conocidas por los salvadoreños gracias al buen periodismo.
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De otro modo, por otra vía, no habríamos sabido y mucho menos creído que el gobierno de Mauricio Funes pactó con algunos líderes pandilleros a cambio de una disminución de los homicidios. Si un vocero de la oposición lo hubiese denunciado en conferencia de prensa, aún con profusión de pruebas documentales, lo habríamos descalificado de inmediato. ¿Creer que a cambio de la comisión de menos crímenes nuestros gobernantes aceptarían una subversión del orden jurídico, con el agravante de estar disfrazada de conversión religiosa y de nuevo pacto social? El cuento de los maletines o el del Ferrari eran menos peliculescos.

Pero a la incredulidad siguieron el estupor, el silencio y la indignación, azuzadas por la renuencia gubernamental a admitir su participación en el asunto. Además de insultante y secreta, la tregua siempre estuvo huérfana, de no ser por sus padres putativos, los mismos que le dieron darle mala muerte, sometidos a un descrédito que no debió ser sólo suyo.

La caja de Pandora, no obstante, ha comenzado a abrirse y con ella los vergonzosos detalles de hasta adonde llegó la discrecionalidad del expresidente y de su equipo en esta materia.

Era solo cuestión de tiempo para que las mismas pandillas, en la palestra de los tribunales, comenzarán a relacionar sus operaciones del último trienio con las facilidades de comunicación que gozaron durante ese proceso, así como que el alza de los asesinatos entre junio de 2013 y junio de 2014 fue una inconcebible medida de presión tras la caída de Munguía Payés y el desmantelamiento de las conversaciones.

Delincuentes relacionados con el ataque a la delegación policial de Quezaltepeque de 2015 han brindado en los últimos días los primeros testimonios oficiales sobre cómo se vivió y qué significó la tregua desde el punto de vista de las pandillas. Algunos detalles son difíciles de creer aún ahora, como que por cada dos armas viejas que entregaron durante aquel proceso, se les entregó una nueva, o que los “pacificadores” les entregaron 300 teléfonos celulares para cada centro penitenciario.

Vamos, que nada de lo que dicen es fácil de creer: que se instaló electricidad en los penales para facilitarles el uso de los dispositivos telefónicos, que se flexibilizaron las visitas íntimas para los pandilleros y que se solicitó a los jefes de las “clicas” que ejercieran alguna influencia contra los simpatizantes de la oposición de cara a las elecciones presidenciales de 2014.

El exfiscal general no llegó al fondo de la cuestión cuando la noticia vio luz pública. Admitió que los funcionarios involucrados pudieron haber cometido delitos, calificó a la tregua como “hereje e hipócrita” en un innecesario ejercicio de histrionismo, pero bajo su mando el ministerio público quedó con esa (y muchas otras) deuda. Los ciudadanos no supimos qué tanto hicieron o dejaron de hacer Funes, Munguía, los administradores de los penales e incluso algunos jueces en el marco de estas negociaciones. Lo poco que se ha reconocido ha sido vía Raúl Mijangos, y su sesgo le resta atractivo a la mitad de lo que dice.

Douglas Meléndez tiene el reto de retomar las pesquisas, librándolas del olorcito a autocelebración y a guerra santa de su antecesor, y compartir los resultados a la ciudadanía. Solo así sabremos quiénes se beneficiaron con la tregua más allá de lo obvio, qué tanto dinero pudo moverse alrededor suyo, y qué tanto tuvo de oportunidad perdida.

Lo único que sabemos a ciencia cierta es que los pandilleros le brindaron aquella tregua a ese gobierno, nunca a los ciudadanos.

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