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Tres años después del asesinato de Carla Ayala

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Uno de los órdenes en los que se pretende relativizar el odio contra las salvadoreñas es en la discusión de la cosa pública; llevada a las redes sociales, la conversación sobre los temas ciudadanos es fácilmente desviada a una dialéctica de descalificaciones, por lo general con alusiones peyorativas a la sexualidad. Con tristeza debemos aceptar que desde algunas tribunas se cree que justificar los desvaríos misóginos como un mero deslizón lingüístico cabe en la frontera de lo decente.  

El asesino de la agente Carla Ayala continúa prófugo. Desde diciembre de 2017, la tierra parece habérselo tragado. Esta semana, otros nueve hombres de entre 13 que eran acusados de haber colaborado para que el victimario escapara fueron sentenciados. Explícitamente, la justicia salvadoreña ha establecido que hubo al menos seis agentes de la Policía Nacional Civil que conspiraron para que el crimen quedase impune. Uno de los acusados, el exjefe del Grupo de Reacción Policial, fue exonerado; su segundo al mando fue condenado a ocho años de prisión. A la fecha no se estableció el móvil del asesinato pero el sino de Carla, esposa, hija y madre, es desde entonces un símbolo de la cultura de odio contra las mujeres cultivada en algunos círculos e instituciones en El Salvador.

Del empoderamiento de la mujer en la última década hay señales irrefutables: son propietarias del 72 por ciento de las micro y pequeñas empresas, ocupan importantes posiciones en la administración pública y en el mundo empresarial y llenan cada vez más su espacio en la vida política, hasta un 31 por ciento de las curules legislativas. Pero la progresiva visibilidad de las salvadoreñas en las esferas dirigenciales así como la transformación de su rol familiar en uno de tipo productivo también ha encontrado resistencia; décadas de machismo se hacen sentir en hábitos, en las relaciones y en la visión de mundo. Y aunque hay una narrativa conveniente según la cual el choque de estas dos realidades -mujeres económicamente activas, emprendedoras e independientes en una sociedad que le rinde culto a la fuerza- se traduce en riesgo sólo en sectores marginales, en el lumpen o en la baja escolaridad rural, la verdad es que la violencia contra la mujer no ocurre en un gueto. Lo único que distingue la agresión contra una ciudadana de la que padece otra en otro orden ciudadano es que en algunos círculos, la violencia pasó de ser tolerada a ser cotidiana y finalmente a ser algo natural.

Uno de los órdenes en los que se pretende relativizar el odio contra las salvadoreñas es en la discusión de la cosa pública; llevada a las redes sociales, la conversación sobre los temas ciudadanos es fácilmente desviada a una dialéctica de descalificaciones, por lo general con alusiones peyorativas a la sexualidad. Con tristeza debemos aceptar que desde algunas tribunas se cree que justificar los desvaríos misóginos como un mero deslizón lingüístico cabe en la frontera de lo decente.

Hay otra variante de la violencia contra las mujeres, mucho más sutil y por ende más repetitiva: es equivaler el ser mujer con ser tonta o incompetente. En la visión del público que consume noticias políticas, hay inevitablemente una funcionaria, una congresista o una miembro del gabinete de la que se piensa de ese modo. Inevitablemente porque con el paso de los años, los expresemos o no, tenemos los estereotipos de género naturalizados, asumidos, listos como disparador para denigrar, menospreciar o violentar.

La noche de su asesinato, la agente no fue tratada como persona. Fue víctima varias veces en la medida que ninguno de sus compañeros de la corporación policial intervino para salvarla, por motivos que se lleva cada uno a su encierro. La escarapela de la institución encargada de la seguridad pública por excelencia no fue escudo ni obstáculo ante su verdugo. Por su memoria y la de todas las salvadoreñas a las que el Estado se vio incapaz de proteger de un agresor en un hogar, en una institución o en un centro escolar, sigue viva la demanda de justicia para Carla Ayala.

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