Un Estado fantasma

Salvadoreño-francés estudiante de Ciencias de la Humanidad en FranciaLa única y principal función actual del Estado salvadoreño se reduce a luchar por su propia existencia. Se ha convertido en una concha vacía, que de Estado solo tiene el nombre. Como la idea que podemos tener del fantasma, su débil existencia no representa más que unas puntuales apariciones, y por definición son pocas, pero asustan.
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El logro más notable del gobierno vigente quizás sea haber acabado con un Estado que no garantiza nada, sino la ley de la selva. Es decir, absolutamente lo contrario de un Estado de Derecho; un estado de naturaleza. La violencia endémica es la que gobierna en realidad nuestra sociedad. Frente a tal problema que debería ser la causa misma de la creación del Estado, asegurar la paz, el nuestro no la combate, o al menos la combate mal, mantiene la inseguridad ambiente y hasta, al contrario, la aumenta. La existencia de esta institución original no puede ser más fantasmagórica. Por una parte, cuando no asume su papel, delega lo que debía ser lo que Max Weber llama el monopolio legítimo de la violencia, que por tanto ya no es monopolio. Lo ilustra la tenencia generalizada de armas en el pueblo que le otorga a los individuos la capacidad legal de defenderse, si no matando, haciéndole una competencia perniciosa a las fuerzas del orden salvadoreño. Estas, entrando en un círculo vicioso interminable, no logran hacer de su nombre mismo una expresión realizativa al punto que autoridades como el presidente de la Asamblea llegan a proponer el armamento de comunidades civiles. Al proponer de armar al pueblo ya ni siquiera se trata de echarle leña al fuego como un cómplice del incendio sino de ser un verdadero pirómano suicida. En este caso, asusta la actividad, o pasividad, del Estado por su ineficiente irracionalidad.

Por otra parte, cuando el Estado intenta asumir su función también atemoriza, de diferente manera, como puede asustar la representación que tenemos del fantasma. Esta actitud es la que obedece al proyecto político de la famosa “mano dura”. El problema es que una mano sin cerebro es inútil. Es verdad biológicamente, pero la realidad de este caso también lo verifica. En efecto, las fuerzas estatales salvadoreñas ejecutan órdenes, o más bien una, matar a los mareros. Esta orden, sin verdadera estrategia, es bastante vasta lo que engendra un ejercicio absolutamente libre de la violencia que genera a su vez grandes estragos en las operaciones policiales. Por tanto, esas intervenciones del Estado con su violencia extrema son todo menos sutiles. Como en una película de terror, las apariciones del Leviatán son sangrientas y asustan de manera extraordinaria ya que el monstruo busca existir o sobrevivir; busca ser monstruoso. Muchas veces tal empresa excede el linde de la racionalidad. De hecho, las desesperadas intervenciones en la sociedad del Estado buscan en realidad luchar contra su ausencia e invisibilidad. Se trata de una lucha intrínseca del Estado por el Estado contra su debilidad que resalta en la vacuidad de sus estructuras institucionales, cuando existen, lo que no suele siempre ser el caso.

El Estado salvadoreño no logra garantizar ni siquiera los derechos fundamentales que son la seguridad y educación del individuo. Si aparece de cuando en cuando en el primer ámbito, sus intervenciones en el segundo son nulas. Alimentando, en vano, su lucha contra la violencia se ha olvidado de la educación de su pueblo, y padece la grave ignorancia que no ve el vínculo íntimo que reúne los dos. Se ha encerrado en un laberinto del cual solo saldrá con políticos fuertes e inteligentes que serían un buen regalo de Navidad.

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