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Un Estado laico no es anticristiano

El Salvador es un Estado laico, pero esto no significa que hay que sacar de la arena pública las creencias cristianas de los ciudadanos y políticos. Me viene ad hoc para contribuir a un sano debate las conclusiones que sobre laicidad y laicismo realizaron hace 10 años en España 13 expertos nacionales e internacionales, entre profesores y magistrados constitucionalistas.
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Entre las ideas vertidas se habló que la clave para entender mejor la separación de religión y Estado consiste en valorar las creencias religiosas como un bien para la sociedad (sea cristiana o no) para luego mantener con ellas las consiguientes relaciones de cooperación.

Cuando se declara en una Carta Magna el derecho a la libertad de religión, esto significa que se defiende la práctica de la religión como un derecho fundamental. Por eso no tendría sentido que el sistema considere legítimo el que la gente ejerza este derecho, pero que repruebe el resultado de ejercerlo.

Asimismo, un verdadero Estado laico no asume ningún código moral como propio (sea cristiano o musulmán o cualquier otro) porque puede perder imparcialidad, pero los considera saludables (como aquí el cristianismo) porque se asume que las concepciones religiosas ayudan más que la ley a regular el comportamiento cívico. Por ejemplo, las personas aprenden que no hay que matar o robar a través de las instituciones portadoras de estos valores (como la familia o la escuela) mucho antes que del Código Penal.

Un Estado laico no se caracteriza por la falta de creencias, sino porque sus convicciones son el fruto de aportaciones plurales de los ciudadanos en un debate abierto y no sometido a coacción. Los expertos alertan a no caer en la tentación de enarbolar una “bandera de Estado laico para amparar y poner fin a discusiones políticas o a propósito de leyes que han sido sorprendentes y dignas de mayor reflexión, en materia de biomedicina, enseñanza o régimen matrimonial”.

Marcello Pera, expresidente del Senado de la República de Italia y gnóstico, aporta en otra ocasión al debate: “Yo distinguiría entre Estado laico y laicista. Por laico entiendo el Estado que está separado de cualquier iglesia y actúa de modo autónomo. El pensamiento laico se desarrolla de modo racional, pero no excluye la dimensión religiosa.

El laicismo, por el contrario, es una ideología que se propone eliminar la dimensión religiosa del ser humano… Las conquistas de una civilización deben llegar a ser universales, como las de las democracias liberales modernas que defienden la paz, la razón, la libertad y la dignidad de la persona. Si en una sociedad ha tenido lugar un feliz hallazgo, este ha de ser disfrutado y respetado por todos, también por parte de un ateo, un agnóstico o un creyente de otra religión distinta de la cristiana... Sostengo que Occidente ha ido demasiado lejos en la apostasía y en la renuncia de sus propias raíces judeocristianas.

El todo vale acaba por ir en contra del ser humano, sea este cristiano o no... Para evitar que todo el árbol se seque y se derrumbe (o caiga fulminado por un rayo), nos viene bien ahondar y profundizar en esas raíces. Rescatarlas no es un acto creyente, sino de mera supervivencia. Y en esto estábamos de acuerdo Ratzinger (hoy papa emérito Benedicto XVI) y yo”.
 

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