Un año con el beato Romero

Este 23 de mayo se cumple el primer aniversario de la beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, a quien bastaron tres años como arzobispo de San Salvador para entrar por la puerta ancha de la historia cristiana y, de paso, por ese ventanuco abierto al futuro de la humanidad que adquiere muchos y rutilantes nombres: paz, justicia, fraternidad, solidaridad, misericordia...
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Solo 365 días han pasado desde la solemne proclamación de este insigne salvadoreño como beato y ya tenemos muy valiosas lecciones que aprender. Personalmente, aunque asombrado por el rechazo que la figura de Monseñor sigue despertando en algunos círculos –cada vez más reducidos y aislados, gracias a Dios–, no puedo menos que lamentar el empecinamiento, todavía menos justificable, de personas y grupos que insisten en manipular ideológicamente a Romero, en una lucha igualmente desfasada contra la evidencia histórica, la reconciliación nacional y el sentido común.

Ejemplos de esta actitud facciosa y divisiva he podido verlos en personas cuyo criterio en otras áreas se muestra mucho más abierto y sereno. Mi artículo “Perdón, Monseñor... Perdón”, publicado en LA PRENSA GRÁFICA el 19 de febrero de 2015 y masivamente replicado en Latinoamérica y Europa, recibió una crítica inverosímil por parte de un escritor salvadoreño residente en España que creyó necesario tergiversar ideas mías expresadas en otro contexto con tal de desacreditar mis puntos de vista sobre el beato Romero.

Desde luego, por deshonestas que sean, provocaciones como esta no son sorprendentes ni deben desanimarnos a quienes deseamos que nuestro Arzobispo mártir sea un símbolo de paz y un motivo de unidad. Si por defendernos de los ataques personales cayéramos en la trampa de responder con similar acritud a estos injustos agresores, ellos habrían triunfado sobre el mensaje de hermandad que, siguiendo a Romero, tratamos de promover en El Salvador.

Razones para el optimismo, por tanto, abundan. Los declarados enemigos de Monseñor, así como aquellos que le “defienden” fragmentariamente, han tenido que enfrentarse a una avalancha de contradicciones luego de la beatificación. Nunca los márgenes para manipular la figura y las palabras de Romero habían sido tan estrechos como ahora. Ni siquiera los principales partidos políticos –el FMLN en el gobierno y mucho menos ARENA en la oposición– tienen hoy autoridad moral para explotar al único beato salvadoreño en el marco de su histórica subida a los altares. La insufrible utilización que durante un lustro quiso hacer Mauricio Funes de la imagen de Monseñor ha derivado, de cara a la posteridad, en una mueca grotesca.

Gracias al respeto que la Iglesia católica impone cuando señala las virtudes heroicas de un cristiano, y merced a esa labor de depuración que el paso del tiempo y las investigaciones serias suscitan alrededor de cualquier figura controversial, también en el caso de Óscar Arnulfo Romero –tan vilipendiado y manipulado como ha sido– terminarán siendo las futuras generaciones quienes hagan suyo el mejor veredicto. Y todo indica que este veredicto coincidirá con el de la Iglesia, como correctamente intuyó el papa Francisco cuando tomó la decisión de acelerar el proceso de beatificación de nuestro compatriota más ilustre y universal.

Todavía es temprano, ciertamente, para que el mensaje de Monseñor Romero penetre en todas las conciencias con esa fuerza inusitada que solo la convicción y el compromiso logran producir. Pero ese día llegará, a no dudarlo. Lo que nos corresponde ahora, al cumplirse un año entero con nuestro beato, es insistir en la necesidad de conocer más profundamente su vida, obra y mensaje, seguros del poder transformador que Dios sabe otorgar a los testimonios –coherentes y luminosos– de sus santos.

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