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Un año concluye, otro año empieza, y entretanto, ¿qué es de nuestra vida?

Los seres humanos tenemos un destino en dos dimensiones: la dimensión individual y la dimensión colectiva. En cuanto seres de individualidad, nos hallamos compelidos a desarrollar capacidades, a conseguir anhelos y a buscar satisfacciones; en cuanto seres de colectividad, el desafío principal consiste en convivir armoniosamente y en contribuir a que nuestra comunidad crezca con cada uno de nosotros. En otras palabras, vivir es a la vez saber hacer vida propia y ponerla en función del ente colectivo al que pertenecemos. No se puede vivir sin convivir, y no se puede convivir sin vivir. Los hechos lo demuestran a cada instante.
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Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es el deterioro creciente de las condiciones de vida, pese a los extraordinarios adelantos tecnológicos y a los notables avances en el desarrollo material. Hay mucho desaliento, mucha insatisfacción y mucha cólera haciéndose sentir por doquier; y eso crea una atmósfera de negatividad que tiende a contaminarlo todo. Es inevitable preguntarse: ¿De dónde se origina tal estado de ánimo? Hay desde luego mucho que corregir y mucho que reclamar, pero de seguro en la base de buena parte de las angustias presentes se halla una distorsión que se ha venido imponiendo progresivamente: el sentir que el dilema de la felicidad está entre tener y no tener disponibilidad monetaria en abundancia.

Es cierto, muy cierto, que si no hay ni siquiera lo básico para cubrir las necesidades de una existencia tranquila y confortable, no es posible que las personas puedan avanzar tranquilamente en una vida de calidad. Y aquí tenemos que tocar ese punto sensible: qué significa una “vida de calidad”. Al respecto, hay que comenzar por decir que una vida de calidad es aquella en la que el vivir se autoafirma a sí mismo, y así se vuelve capaz de proyectarse hacia todos los entornos del ser humano en concreto, para lo cual son indispensables los bienes materiales, los bienes mentales, los bienes sentimentales y los bienes espirituales.

Victoria Camps y Salvador Giner, en su “Manual de Civismo”, dicen lo siguiente: “No sólo en teoría: la práctica demuestra que el dinero no es garantía de felicidad. Es una ayuda, ya lo hemos dicho, pero no la panacea para vivir bien. Algunos pensadores dicen que la vida de una persona debería poder consistir en una narración coherente y con sentido. Pues bien, sería una narración muy pobre la que sólo alumbrara el fin de acumular riquezas o acumular poder. Una y otro son buenos si sirven para algo y es ese algo el que puede dotar de sentido –y, en definitiva, de calidad-- a la vida de los hombres y las mujeres”.

Esto choca, desde luego, con la escala de antivalores que viene imponiéndose en todas las latitudes. Va quedando a la zaga la autosatisfacción personal para dejarle puesto el consumismo comercial. En esa forma, la “calidad de vida” pasa a ser una especie de espejismo, que a cada instante se rinde ante la prepotencia de los intereses más rastreros. Y lo peor es que al mismo tiempo va emergiendo una especie de “valeverguismo existencial” (perdón por la palabra gruesa, que en este caso es insustituible), de cuyos humores tóxicos se contaminan todos los ejercicios humanos que encuentra a su paso.

Todo lo anterior está demandando una operación de saneamiento moral y de limpieza funcional que permita realinear las conductas en función de lo verdaderamente humano. Y eso verdaderamente humano es el reencuentro de la persona con su ser propio, que sustenta sus emociones, sus aspiraciones y sus decisiones. Y esto no es cuestión de mentes cultivadas o de condiciones privilegiadas: todo ser humano, hasta el aparentemente más humilde y desprotegido, tiene capacidad de autodescubrimiento. No hablamos por supuesto de filosofía ni de nada por el estilo: nos referimos a la esencia de la persona, que está en todos y es de todos.

Al inicio de cada año, se acostumbra hacer un resumen personal de propósitos. En este año, que es sin duda singular en tantos aspectos, los salvadoreños deberíamos proponernos algo en común: justamente emprender en serio la tarea de ver el país en común. Por mucho que algunos se resistan, embargados de frustración o de resentimiento, El Salvador es nuestra patria; es decir, el hogar compartido. Y sólo vivenciándolo en comunidad es posible hacer que la nacionalidad cobre vida.

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