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Un año más

2016 está por concluir y 2017 está por iniciarse.
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 El calendario tiene su lógica, que parece inquebrantable; pero en verdad es la vida la que mueve los hechos humanos, por encima de las cifras de la cronografía formal. Está bien despedir al año que concluye y dar la bienvenida al año que llega, pero en el entendido que esas son fronteras que están por debajo de lo que verdaderamente importa, que es el respirar y el anhelar, el perseverar y el trascender, el sobrevivir y el sobrevolar. Cada quien tiene su entorno y su historia, tanto en el interior como en el exterior de sí mismo; y por esos caminos y veredas hay que animarse a proseguir cada día la faena del ser que se desenvuelve en el tiempo. Un año concluye y otro año se inicia, ¿pero eso qué debe significar como ejercicio de permanencia? Debe significar que el tiempo como tal es nuestro único aliado disponible en el trayecto por esta dimensión, y de seguro también lo será en las próximas dimensiones, porque la eternidad presuntamente esperada ni siquiera podemos imaginarla. La utilidad del encadenamiento cronológico estriba en que nos motiva a hacer cuentas y a hacer cálculos sobre lo que viene por vivir. Lo más importante es que ese ejercicio esté impregnado de buenas sustancias vitales. Hay que creer en la vida para que la vida prospere. Ahí está la clave de la felicidad posible, siempre posible. Que nada nos desanime en la tarea de hacernos verdaderamente presentes cada día en nuestro mundo propio. Dice la sabiduría popular que cada cabeza es un mundo, y al ser así tenemos mil caminos por recorrer sin necesidad de salir de las estancias del pensamiento y del sentimiento. El año se va y nos deja una maleta llena de mensajes. Abrámosla al comenzar el año para que sus inspiraciones nos sirvan de brújula en el trayecto.

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