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Un año más desde aquel momento estelar que se dio en enero de 1992

Un punto de arranque muy positivo es el hecho de que a lo largo de estos 26 años en ningún momento ha habido quebranto del sistema democrático que quedó reafirmado por la solución de la guerra.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El 16 de enero de 1992 representa una fecha marcada con destellos imborrables en nuestro calendario histórico. Aquella mañana, en uno de los espacios espléndidos del Castillo de Chapultepec de la capital mexicana, se selló la solución pacífica del largo conflicto armado que venía estando en la primera línea de nuestra realidad nacional. El momento fue simbólico en muchos sentidos, y el primero de ellos consistía en demostrar que siempre hay soluciones inteligentes aunque en los hechos de la vida tengan tanto protagonismo la irracionalidad y la violencia. Para que eso ocurra tiene que darse una conjunción virtuosa entre las realidades y las voluntades, que es lo que a Dios gracias se dio entre nosotros.

El conflicto salvadoreño venía de lejos, por múltiples trastornos y desajustes, y el haber dejado estar las cosas sin hacer nada para remediar los males persistentes hizo que dicha conflictividad pasara al terreno bélico, en el que la muerte se convierte en el argumento máximo. No hay guerra que termine bien por sus propios medios, aunque los vencedores militares siempre esgriman su victoria como una solución salvadora. Imaginemos por un instante lo que hubiera sido de El Salvador si alguna de las fuerzas en guerra se hubiera alzado con el triunfo por medio de las armas, y desde ahí tratemos de valorar lo que ha significado la solución política, que no podía ser perfecta, pero que abrió un horizonte de futuro que ni sus más recalcitrantes adversarios pueden ocultar.

Los salvadoreños, contra todo pronóstico, fuimos desmontando la guerra desde muchos antes de que el desmontaje asumiera características negociadoras. Sólo pensemos en un dato al que casi no se le ha dado importancia: ¿Por qué la contienda bélica no pudo derivar en victoria militar para nadie cuando a lo largo de su prolongado desarrollo la Guerra Fría les proveyó a ambas partes todos los recursos para el desenlace por la vía de las armas? Aquí de seguro hubo una intervención providencial: la del pueblo salvadoreño, que no apoyó a ninguno de los contendientes con la fuerza que hubieran querido, y que más bien se fue distanciando de ambos, con una inteligencia histórica que merece todos los honores.

Es este mismo pueblo el que le ha dado sustento a la estabilidad del sistema nacional, en medio de tantas adversidades y tantas distorsiones. La ola de violencia que nos azota hubiera podido ser controlada a tiempo, cuando estaba emergiendo, pero esa perversa tendencia a dejar estar los problemas sin aplicarles tratamientos adecuados en función de soluciones efectivas ha hecho que lleguemos a la descontrolada situación actual. Hay, pues, que reanalizar la guerra para poder administrar esto que aún llamamos posguerra, pero que habría que recalificar como etapa de normalización definitiva.

26 años después de que se suscribiera el Acuerdo de Paz, estamos aún muy necesitados de consolidar la normalidad en el ambiente. Un punto de arranque muy positivo es el hecho de que a lo largo de estos 26 años en ningún momento ha habido quebranto del sistema democrático que quedó reafirmado por la solución de la guerra. Es cierto que hay muchas falencias e insuficiencias que perturban y agobian el día a día de los salvadoreños, pero siguen vigentes las condiciones de mejoramiento real, siempre que los diversos actores nacionales, tanto políticos como sociales, hagan lo que deben hacer y dejen de hacer lo que no es admisible en función de la normalidad, del progreso y de la convivencia pacífica.

Estamos ya transitando el segundo cuarto de siglo desde que concluyó la guerra. Un dilatado período del que hay que seguir sacando lecciones. Lecciones que sirvan, sobre todo, para ver hacia delante con todas las energías positivas en línea.

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