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Un castigo a la historia y la cultura

Vivimos en un mundo en constante formación: topográfica, religiosa, moral, política, etcétera, basta sentarnos y escudriñar en esa infinidad de momentos registrados, para sentirnos parte de algo verdaderamente impresionante. En el caso particular de nuestro país tenemos mucho de qué enorgullecernos; sin embargo, erramos al divulgar nuestros momentos históricos, utilizando solamente algunos mojones que por sí solos carecen de sentido lógico.
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La historia de acuerdo con los diccionarios narra y expone los acontecimientos del pasado dignos de memoria, sean estos públicos o privados; también dice que es el conjunto de sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, científicos, de un pueblo o de una nación.

En El Salvador cargamos en hombros una historia fascinante –nuestra época precolombina y sus tesoros de sabiduría; el giro del descubrimiento; la colonización y la etapa independentista; la lucha moderna por el desarrollo; el encuentro con la democracia, etcétera–. Lamentablemente, nuestra educación histórica se limita a la mención de algunos hechos –no al conocimiento–, detalle que nos hace ínfimos e insignificantes.

Es así que cual sea el momento histórico en que nos ubiquemos, señalamos lo que pudo hacerse mejor o diferente –condicionamos nuestra capacidad creativa e intelectual a sufrimientos del pasado, alimentando el complejo de conquistados, oprimidos y marginados... Esto nos lleva a la mediocridad, al deterioro social y a impulsar el concepto socialista de “re-historia” o “re-invención”, proyecto que califica la cultura como un producto elitista y sin valor alguno...

Caímos sin darnos cuenta en la trampa del desprecio a la cultura, a la educación y al entendimiento, condición que nos aleja de la comprensión de todo el conjunto de costumbres, conocimientos, desarrollo artístico, científico, industrial, social de cada época. Su causa: Simplemente utilidad política. Crear apatía hacia la “Identidad Cultural” es una estrategia que limita el desarrollo de cualquier sentimiento nacionalista, aliado innegable del progreso social, económico y democrático.

La indiferencia hacia este tema permite a los gobiernos de izquierda la interpretación histórica a conveniencia –deforma las verdades sugiriendo un nuevo sentido a la retrospectiva–. Esto es la alineación de la cultura al interés político y el avance devorador de las teorías de la igualdad.

La transcultura es el fenómeno que ocurre cuando un grupo social carece de educación y progreso intelectual. Adopta formas culturales que provienen de otros grupos y termina sustituyendo en mayor o menor medida sus propias prácticas culturales. Nuestro mayor ejemplo: Las pandillas.

Nuestro país urge reflexionar sobre la educación y la cultura como tal, es necesario visualizar que su ausencia facilita la generación de complejos y resentimientos sociales muy devastadores. De aquí que el término nacionalismo sea nefasto para los que hoy dirigen el rumbo de la nación, conflicto semántico que acomete contra el sentido socialista del termino igualdad –políticamente contrario– aunque etimológicamente sin ninguna relación.

Aspirar al reconocimiento de la historia y la identificación cultural debería debatirse a la misma altura de los problemas económicos y políticos –ignorarlo nos reduce a una masa amorfa, silenciosamente modelada a placer del socialismo.

Los marxistas, hoy autoproclamados socialistas, saben muy bien que la historia funde al individuo y la sociedad, que la cultura es el campo en donde se disputa el poder ideológico y político. Que en su ausencia, se orienta a placer la interpretación de la cultura hacia conflictos masivos de desigualdad, injusticia y marginación, terreno fértil para adormecer a un pueblo que ha extraviado su identidad...

Debemos recuperar el orgullo salvadoreño, sobrepasar el guanaco de Roque Dalton. Si no, continuaremos contemplando a nuestra gente siendo devorados por la ignorancia, la falta de valores, la apatía hacia el trabajo y fenómenos transculturales como la deformación de la familia, el crecimiento de las pandillas y el fomento de la corrupción.

Aún tenemos la oportunidad de reorientarnos, de convivir con nuestras diferencias y forjar un futuro alentador, en el que nuestra Identidad Cultural sea un orgullo y factor vital de nuestro desarrollo.
 

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