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Un corazón abierto a Dios

“Un cristiano que no se deja atraer por el Padre hacia Jesús es un cristiano que vive como huérfano. Un corazón abierto a Dios es capaz de aceptar las novedades que trae el Espíritu”, afirmó el papa Francisco en una de sus homilías.

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Preguntaron al Señor: “¿Hasta cuándo nos mantendrás en la incertidumbre? Si tú eres el Cristo, dínoslo a nosotros abiertamente” –que escribas y fariseos repetirán muchas veces de diversas formas, en la práctica– nace de un corazón ciego.

Una ceguera de fe, y Jesús mismo explica a sus interlocutores: “Ustedes no creen porque no forman parte de mis ovejas”. Formar parte del rebaño de Dios es una gracia, pero que tiene necesidad de un corazón disponible.

“Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán eternamente y nadie las arrebatará de mi mano”.

“Mi Padre que me las dio es mayor que todos”. Es precisamente el Padre quien da las ovejas al pastor. Es el Padre quien atrae los corazones hacia Jesús.

La dureza del corazón de escribas y fariseos, que ven las obras realizadas por Jesús, pero que no quieren reconocer en Él al Mesías, llega hasta el Calvario.

Después de la Resurrección, cuando a los soldados de guardia en el sepulcro se les sugiere admitir que se han adormecido para acreditar el robo del cuerpo de Cristo por parte de los discípulos. Ni siquiera el testimonio de quien ha asistido a la Resurrección hace que cambie el punto de vista de quien rechaza creer. Son huérfanos porque han renegado a su Padre.

Los doctores de la ley tenían el corazón cerrado, se sentían dueños de sí mismos y, en realidad, eran huérfanos, porque no tenían relación con el Padre. Hablaban, sí, de sus Padres –nuestro padre Abraham, los Patriarcas...– hablaban, pero como figuras lejanas. En su corazón eran huérfanos, preferían esto a dejarse atraer por el Padre. Y este es el problema del corazón cerrado de esta gente.

Al contrario, la noticia que llega a Jerusalén, de que muchos paganos se abrían a la fe gracias a la predicación de los discípulos –que en primer lugar les había causado mucho temor–, demuestra lo que significa tener un corazón abierto a Dios.

Un corazón como el de Bernabé quien, enviado a Antioquía a verificar lo que se decía, no se escandaliza por la efectiva conversión, incluso de los paganos, y esto porque Bernabé aceptó la novedad, se dejó atraer por el Padre hacia Jesús:

Jesús nos invita a ser sus discípulos, pero para serlo, debemos dejarnos atraer por el Padre hacia Él. Y la oración humilde del hijo, que nosotros podemos hacer, es: Padre, atráeme hacia Jesús; Padre, llévame a conocer a Jesús, y Él enviará al Espíritu Santo a abrirnos los corazones.

Y la forma de abrir nuestro corazón a Dios es conociendo bien y viviendo la Doctrina de Jesucristo y ayudando a los demás a que también se acerquen a Él por el conocimiento y la práctica de la Fe y por la ayuda a las personas que los rodean.

Pidámosle a Nuestra Madre que nos consiga aprender y vivir la Doctrina de Su Hijo.

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