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Un cuarto de una pastilla para que se nos quite la hinchazón

Tengo una afección cardíaca. Para atenuarla, literalmente, todos los días, me trago como nueve medicamentos diferentes. Unos para proteger el corazón. Otros contra la diabetes y el colesterol. Otro para la presión arterial. En fin, quizá por la edad, mi motor necesita de mucha ayuda. Las medicinas me obligan a vivir sin mucha metáfora. Casi en economía de guerra.
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Eso me convierte en testigo de excepción. Soy visitante asiduo de las farmacias. Por eso que digo, sin empacho, que hay medicamentos carísimos, sin ninguna explicación. Hasta los genéricos están lejos del museo de los grandes ideales de los consumidores o de pacientes como yo.

Yo no sé si en el tema de los precios de los medicamentos hay cinismos ocultos. En esto no se puede ser profeta. Pero, hace algunos días compré un genérico en una farmacia de México. Pagué un poco menos de un dólar por unas cuantas pastillas. ¡Nunca me he sentido más estafado en toda mi vida! Esa es la verdad. Y entonces juré que aquí tenemos farmacéuticos que creen que los precios se hacen con arcilla dócil y manipulable.

No hay un solo país de Centroamérica donde no pueda comprar, a menor precio, los medicamentos que utilizo. Rasco justificaciones y escucho explicaciones y, ni siquiera, multiplicando por cuatro los impuestos locales, me dan los números. Sé que todo negocio nace para ganar dinero, pero, quizá, algunos aquí quieren ganar más de la cuenta con los fármacos. De lo contrario, la insulina no costaría cinco veces menos en Panamá y no pagaría por una pastilla contra la presión alta tres veces más de lo que se cancela en Guatemala.

No soy muy amigo de un Estado interventor en actividades productivas y económicas. Pero, desde la ocasión que miré a un viejecito partiendo una pastilla en cuatro partes, porque no podía pagar por una entera, me convencí de que, en asuntos de fármacos y salud, los gobiernos deben intervenir sin que les tiemble la mano.

Cuando el viejo miró que yo no entendía sus artilugios para partir su pastilla en cuatro pedazos, me explicó que su médico le mandó a tomarse una gragea entera diaria. “Cuesta cuatro dólares. Yo no tengo cuatro dólares diarios. Con costos logro comer. Yo compro una pastilla, la parto en cuatro partes, me trago un pedacito y rezo para no caer muerto en la calle”, me dijo. Lo entendí, perfectamente, porque yo me trago como nueve pastillas todos los días y sé lo que eso cuesta.

A la democracia no se puede llegar por el agravio. Un viejecito que ni siquiera pueda tomarse una pastilla entera para sobrevivir, y apenas puede comer un par de tortillas al día es un hombre doblemente agraviado: por la sociedad y (ahora estoy más seguro que nunca), por algún farmacéutico que se desmelena por la ambición y se inventa todas las promociones que pueda para que no descubran sus trampas aunque otros mueran por consunción.

Yo tomo, o tomaba, lipitor, contra el colesterol. Leí, en un campo pagado, que la firma que lo produce lo retira del mercado. No sé si lo hace para presionar, protestar o salvaguardar un negocio. Pero, ayer compré un cargamento de su genérico para poco más de un mes. ¡Me costó un tercio de la medicina original!

Hay que entender que no todo mercado debe operar a la libre. Por lo menos el de medicamentos no debe funcionar así. Alguien debe resguardar los intereses de los enfermos. Y no encuentro más camino para cumplir eso que una buena ley (aunque no existen las leyes perfectas) y una fuerte autoridad reguladora. De lo contrario, acabamos indignados por la obscena hipocresía de algunos negociantes o, quizá, partiendo en cuatro partes un simple antibiótico y rezar para que se nos quite la hinchazón de la cara.

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