Un demócrata

Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICADe los 4 presidentes que el partido ARENA dio al país, sin duda el más político era el Dr. Armando Calderón Sol. En su caso, aclaro, lo de “político” dista de ser algo peyorativo, si de algo hemos carecido en las últimas décadas es de líderes con una real vocación política, evidenciada en su capacidad para dialogar, obtener consensos y sacar resultados prácticos allí donde suelen reinar las mezquindades y las desconfianzas.

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Nunca olvidaré, en 2003, una interesante conversación que sostuve con Schafik Handal, cuando éramos colegas diputados en la Asamblea, sobre las características personales de los presidentes salvadoreños desde “tiempos de Conciliación”. Asombrosamente, el dirigente histórico del FMLN tuvo elogios para algunos de esos mandatarios –a Rivera le reconocía su carisma y a Molina “una poco advertida inteligencia”–, pero a quien ponderó por encima de todos fue a Calderón Sol. “Armando era abierto y sabía escuchar”, me dijo Schafik. “Con él era posible hablar siempre. Por supuesto que nos peleábamos mucho y nos mandamos al carajo un par de veces, pero jamás permitimos que las puertas se cerraran definitivamente. Así conseguimos acuerdos. Creo que ha sido el mejor presidente de ARENA”.

Recuerdo las palabras textuales de Schafik porque fui a apuntarlas de inmediato. De hecho, la última vez que coincidí con el Dr. Calderón, hace varios meses, le conté mi plática con Handal y pude notar la satisfacción que la anécdota le producía. “Es que se nos ha olvidado que la política es para acercarnos”, reflexionó. “Si convertimos la política en un terreno para el pleito permanente, no hay manera de sacar adelante el país”.

Ahora que ya está descansando de tantos avatares –un hombre apasionado como él terminaba hablando de la realidad nacional aunque empezara discurriendo sobre el clima–, descubro que mis recuerdos personales de Armando Calderón Sol están irremediablemente ligados a las tempranas incursiones que yo mismo hice en el resbaladizo mundo de la política.

Apenas 14 años tenía cuando inicié actividades en la que sería la primera campaña electoral de mi vida, con “el Doctor” como candidato a alcalde de San Salvador. Y me gustó tanto la experiencia que la repetí dos veces más, hasta que en 1994 me separé de los trabajos partidarios por razones profesionales. Calderón Sol, gentilmente, llegó a ofrecerme una plaza en Casa Presidencial a mis 19 años, sin que el asunto llegara a concretarse, sería Francisco Flores, en 1999, quien me daría la oportunidad de servirle al país desde el área de comunicaciones del gobierno. Pese a todo, el que alguien como el Dr. Calderón me hubiera considerado para acompañarle en su gestión presidencial fue un gesto que le agradecí siempre.

La tarea histórica de reconstruir lo que la guerra había deshecho fue una misión adecuada al talante de Armando Calderón Sol, cuyas credenciales democráticas jamás fueron puestas en duda por nadie, ni siquiera por aquellos a quienes la política puso en lados opuestos al suyo. Y es que hasta para rivalizar y discutir hay que tener un poquito de gracia, cualidad muy útil que el expresidente tenía en grado excepcional.

La democracia en nuestros días ha recibido malos tratos incluso por parte de algunos que solemnemente juraron respetarla y defenderla. Son tiempos que reclaman liderazgos más concertadores, como el que hace dos décadas desplegó Armando Calderón Sol para reedificar el país sobre las cenizas de un conflicto provocado por los atrincheramientos ideológicos y la falta de diálogo. En honor de su memoria deberíamos retomar aquella senda. Él nos diría que nunca es demasiado tarde.

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