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Un domingo especial

El poblado ha amanecido como todos los domingos. Pero este no es un domingo cualquiera. Desde que se dio el suceso, circulan por el ambiente aleteos extraños, como si el aire quisiera mantener viva la expectativa.
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Es aún muy temprano, pero ya dos rostros de mujeres jóvenes están asomados a la ventana, como si tuvieran la certeza de que algo va a revelarse de repente. Y así ocurre, en efecto. Como si despertara un hormiguero invisible, las presencias se hacen sentir por los callejones silenciosos. Y los murmullos crecen. “¡Ya sucedió, ya sucedió, ya sucedió!” Los dos rostros asomados a su ventana desaparecen hacia adentro. Pasados unos minutos, todo vuelve a su quietud usual. ¿Qué ha pasado, entonces? Nos animamos a llamar a esa puerta, en la casa donde está la ventana a la que se asomaron los dos rostros. Nadie acude en respuesta. Volvemos a llamar. Es inútil. Nos alejamos en silencio. Es Domingo de Resurrección, estamos en Jerusalén, y hace tres días hubo un sacrificado en la cruz. Se corrió de inmediato el rumor de que resucitaría. Y Marta y María, las hermanas de Lázaro, son las más atentas a lo que pueda pasar. Es comprensible que así sea.

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