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Un libro

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Cristian Villalta - Gerente Editorial de grupo LPG

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Para comprar caros juguetes chinos e incomprensibles espejitos digitales, ya tenemos al presidente. Usted resístase a las tendencias y a la chiquitina de la casa mejor regálele un libro.

Sí, va a decir usted que soy un hipócrita, que ninguno de nosotros habría cambiado su camión Tacoplast ni sus beneméritos soldaditos por uno de los tres tomos del Conde de Montecristo. Convengamos que nadie se convierte en el más popular del barrio citando a Julio Cortázar, que en el lobby de la pubertad una pelota te abre las puertas al mundo social más que ninguna otra cosa. Pero la literatura es el patio de juegos más grande, un lugar al que siempre se puede volver y en el que, si se ha cultivado ese hábito desde pequeño, uno se encuentra entrañablemente consigo mismo sea niño, adolescente o adulto.

Nada hay más cómodo, seguro y caliente que un libro que ya has leído. O al menos así lo vivimos los lectores menos intrépidos, que rara vez nos arriesgamos con un autor nuevo y vivimos revisitando páginas que nos hicieron felices. Y en efecto, señor juez, me confieso un cobarde de los estantes, acorralado entre Allan Poe, Borges, Kafka y García Márquez, pero se me ocurren trescientas cosas más oprobiosas en este país de cucarachas con corbata.

Esa es la maravilla de la lectura siendo niño, que todo es nuevo, sin compromisos de recomendar un libro odioso sólo para sonar inteligente, libre de cualquier prejuicio, dispuesto a reconocer la genialidad si te espera a la vuelta de un párrafo. Y como el truco es sorprender a la cabeza y despertar la adicción a la lectura, es recomendable comenzar con algo de buena ciencia ficción. Hay por ahí, tomándose uno su tiempo, buenas ediciones y a precio razonable de los clásicos del género como Isaac Asimov y su saga sobre los robots, lectura fácil, de buen ritmo como para mantener la atención de una persona joven, y sin episodios que luego les persigan en sus pesadillas. También he visto por ahí alguna reimpresión de La Máquina del Tiempo de H. G. Wells, pero con esta niñez empecinada en el cómo, quizá Julio Verne tenga más posibilidades de colarse en esas mentes.

Igual y de repente es más fácil pegarle al gusto del minilector con algo abiertamente maravilloso. Pero con una prevención: de esa literatura, nadie sale ileso, acaso porque a la par de la maravilla, de la fantasía y de lo irrealizable convive, al otro lado de la verja del sinsentido, el mar de la melancolía. Sí, aquellas almas que conocemos de cuando vez, espíritus atormentados por lo imposible -o por la pobreza de lo posible-, se saben condenadas desde que se entendieron, muchas de ellas con un cuento, una cita y una frase como inesperado disparador.

Si vamos a probar por ahí, regalando un libro de cuentos cortos por ejemplo, no caigamos en el facilismo de los hermanos Grimm, o de Andersen, Perrault o las fábulas de Esopo. Entendamos además que hay versiones de versiones y así como en la aproximación más escolar, Caperucita Roja y su abuela salvan el pellejo y festejan con un picnic en los bosques de la Grance Chartreuse, en las fieles al original, el único castigo del lobo es una monumental indigestión tras habérselas zampado.

Así que igual vale la pena probar con algo un poco más profuso y entretenido, desde materiales que rayen lo excéntrico como la famosa Alicia de Lewis Carroll hasta rozar lo terrorífico pero en una clave no tan gótica, digamos que alguna versión sencillona de Frankenstein o algo de R. L. Stevenson. Y bueno, de preferencia si no han visto ninguna de las películas, la saga de Harry Potter o el trabajo de Tolkien son un tiro seguro y no todas las ediciones cuestan un ojo de la cara.

El propósito es que lean, que ejerciten su imaginación, que aprendan a identificar entre los argumentos sólidos y los razonamientos pobres; sus ideas se volverán lo necesariamente peligrosas sólo si gozan del albedrío necesario. Por eso en épocas de represión y estupidez oficial, los libros cayeron rápido en la hoguera. Si algo intimida a los que la tienen chiquita es que la inteligencia ajena crezca hasta volverse subversiva.

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