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Un líder justo e incluyente

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Kalena de Velado / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICALa situación que vive actualmente Nicaragua por la corrupción de algunos de sus líderes políticos, sociales y empresariales me parece que encaja con la descripción del “riesgo moral de la democracia, un sistema político capaz de elevar a las personas por encima de sí mismo pero capaz también de generar la anarquía moral nacida del mal uso de la libertad”. Ricardo Yepes.

Esto me hace reflexionar sobre cómo podemos ser líderes justos e inclusivos haciendo una analogía con una persona real, que muchas veces en su ciclo de vida sufre dolores debido al cambio de una etapa a otra, por ejemplo, los que se tienen al pasar de la niñez a la adolescencia o de esa etapa hacia joven adulto. En esta situación, el adolescente se quita la “mochila de valores y principios” que lleva en la espalda para ver qué hay adentro, la cual la siente extraña, pues esta le fue introducida con amor desde que estaba pequeñito, viviendo en hogar con sus padres. Ahí el pequeñín no se percataba del peso de las enseñanzas por su confianza plena en sus padres, quienes le enseñaron que cargarlos era bueno para ser buen hijo. De niños no se cuestionaban nada; ahora, conscientes de su capacidad de elección, desean revisar para aceptarlos o desecharlos.

La identidad de un líder íntegro e incluyente pasa también por una crisis similar, en la cual asume como propia aquella magnifica educación ética que vio vivir coherentemente a sus progenitores, primeros y principales educadores en la familia, una institución por ello denominada “la primera escuela de sociabilidad e iglesia doméstica”.

De acuerdo con José Ramón Ayllon, catedrático de ética, las cuatro guías morales que facilitan ejercer un liderazgo ético e incluyente en cualquier organización son:

Principio de libertad personal. En todas las esferas de lo social se debe facilitar y proteger las distintas libertades de los ciudadanos, colaboradores y de los hijos.

Principio de subsidiariedad, por el cual se debe reconocer y facilitar el derecho de la ciudadanía y de las asociaciones intermedias a buscar soluciones a sus problemas y crear aquellas instituciones que hagan de puente entre el Estado y los individuos. La sociedad es justa y disfruta de buena salud cuando los pobladores, por medio de asociaciones o personalmente, dan respuesta a sus necesidades. Al Estado o a las empresas y los padres de familia, fuera de algunas misiones propias y exclusivas, les compete un derecho subsidiario: llenar aquellas lagunas a las que no llegan la iniciativa privada y ciudadana, o los colaboradores o los hijos, respectivamente.

Principio de solidaridad. El Estado, la sociedad, las asociaciones intermedias, las familias y los ciudadanos deben sentirse unidos para colaborar todos, cada uno en el ámbito que le es propio, al bien común de la sociedad. La solidaridad no abarca solo a la nación, sino que, dado que las distintas regiones del mundo cada día están más intercomunicadas y dependientes entre sí, debe fomentarse una solidaridad internacional que abarque a todo el planeta.

Principio del bien común. En último término, el fin de la vida en una sociedad es conseguir el bien común: el conjunto de condiciones sociales que permite a personas, familias y asociaciones alcanzar su máximo desarrollo. Existe, por lo tanto, una responsabilidad social ciudadana de contribuir desde el lugar adonde nos encontremos para que El Salvador sea un lugar de oportunidades para todos, en especial de los más vulnerables.

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