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Un mal concebido elefante blanco

Un empresario salvadoreño, de mucha reputación y envidiable trayectoria, calificó hace unos días al puerto de La Unión como mal concebido. ¡Qué razón tiene!
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La metodología usada para la justificación del puerto es muy elegante, con proyecciones, tablas de descuento, detalles de la industria global, gráficos, fotos, hojas de cálculo, etcétera, digna de cualquier texto universitario. Sin embargo, los argumentos básicos para su justificación son referenciales: otro puerto parecido y la proyección del tráfico de carga internacional, ignorando la condición deprimida de las tres economías a servir: Oriente de El Salvador, Sur de Honduras y Occidente de Nicaragua; sus mismas proyecciones indican que estas economías proveerían el 76% de la carga a atender, ¿de dónde van a sacar estas economías los cientos de contenedores proyectados? La razón indica que primero se desarrollan las economías y después se construye el puerto, nos pasó algo así como poner los bueyes detrás de la carreta. Pero bien, el proyecto original era de unos 90 millones de dólares, un modesto puerto regional con todos sus implementos; hubo un cambio de diseño, supuestamente para hacerlo un puerto internacional (definición que me elude hasta esta fecha), lo que resultó en este artilugio de mas de doscientos millones de dólares, contratados en yenes (haciéndolo todavía más riesgoso debido al tipo cambiario), con implementos usados y algunos prestados; provocando una hemorragia de las finanzas de la autónoma hasta el punto de prestar para remodelar el aeropuerto.

Un alto funcionario de la embajada americana se refirió al puerto de La Unión como un elefante blanco, un modismo para describir una posesión valiosa pero agobiante (una carga) de la cual su propietario no puede deshacerse y cuyo costo, sobre todo el costo de mantenimiento, está fuera de proporción con su utilidad o valor.

El término deriva de la historia de los reyes de Siam (ahora Tailandia), según la cual regalaban uno de estos animales a cortesanos que detestaban, con el fin de arruinar al destinatario por el costo de su mantenimiento (WKP Ref.).

El calificativo del respetable diplomático norteamericano parece ser muy atinado. Imagínese mi estimado lector ¿cómo concesionar un elefante blanco? El mayor incentivo del Estado salvadoreño hoy día para concesionar el puerto es parar la hemorragia de las finanzas de la autónoma.

No se necesita ser profeta para vislumbrar la realidad en que estamos: absorber las pérdidas o prácticamente regalarlo en una concesión bajo términos muy negativos, lo que no me extrañaría dadas las condiciones y presiones políticas existentes.

Seamos realistas, definamos el problema como es y busquemos las soluciones apropiadas, las cuales, le aseguro, no serán a corto plazo.

Hace unos tres años me preguntaba el presidente de turno de CEPA si creía que el puerto era un proyecto viable y rentable, mi respuesta fue contundente y sin titubear, ¡claro que sí! Siempre y cuando se inicie un programa de desarrollo regional agresivo y de cooperación con los dos vecinos, de tal manera que el puerto pueda servir su función.

Esta todavía sigue siendo mi respuesta. El problema no es el puerto, es el estado de las economías del trifinio, hay que desarrollarlas para que puedan generar el tráfico proyectado. Un alto funcionario de la presente administración decía en una reciente entrevista que la visión del Gobierno ya había evolucionado de una de puerto a ciudad puerto. Lo siento, esta visión es todavía bastante miope, la visión se llama Desarrollo Regional: la región oriental y las regiones de los dos países vecinos. Necesitamos una Autoridad de Desarrollo Regional, autónoma y agresiva. Recomiendo el caso de Valparaíso, Chile.

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