Un mundo raro

No, no nos estamos refiriendo al famoso e inolvidable bolero ranchero que lleva ese título, y que fue compuesto por José Alfredo Jiménez y se hizo famoso en la voz de Pedro Infante, allá en los años 50 del pasado siglo.
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Hablamos de algo más prosaico y más actual: lo que se está viviendo en esta era global en la que lo que parece globalizarse más es el trastorno sin fronteras. Un mundo raro de veras, porque antes de que esta época se empezara a abrir paso casi inadvertidamente hace unos 30 años todo parecía marcado de manera indefinida por los esquemas establecidos: dos superpotencias en ejercicio del poder superior, campos de influencia que respondían a sus mandatos y un inquieto movimiento de “países no alineados”, que nunca acababan de hallar su ruta. De pronto, todo aquel tinglado comenzó a temblar bajo los efectos de un sismo no identificable; y en ésas estamos. Pareciera que el mundo está padeciendo un síndrome de orfandad traumática. Aparentemente hay más libertad de ser y de hacer, pero nadie –ni siquiera los poderosos más arrogantes– tiene fórmulas seguras, y eso generaliza la sensación de que estamos hundidos en otras trampas. Es como si un despertar agónico se hubiera apoderado de todos los espacios humanos disponibles. Y con más apremio que nunca hay que hacerse la pregunta: ¿Queda tiempo para la esperanza? Y la respuesta tendría que funcionar por sí misma: Para eso siempre hay que hacer tiempo, porque la esperanza es en todo caso el combustible superior.
 

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