Un país al revés (VI)

<p>El romano VI pudo ser por enésima vez. Y es que un servidor insiste en tratar de tener una participación ciudadana aprovechando un espacio de libre expresión y a votar en elecciones, porque no puede hacer catarsis en la vía pública tratando de incidir en un quehacer político plagado de intereses mezquinos y de aprendizaje acelerado del arte de negociar sin ceder.</p>
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<p>Entonces ¿por qué seguir opinando? dirá más de un lector. Respuesta: mientras todo es cuestionable porque el interés particular predomine sobre el interés colectivo, en un accionar al contrario, habrá que continuar con el ejercicio de la expresión, con la esperanza de dejar pequeñas huellas, no en el dogmatismo ideológico y la ceguera política, pero sí en la inmensa mayoría víctima y apática que transita en las calles de un país al revés en una crisis integral, cautivos del miedo y sin darse cuenta de que están encarcelados por guardianes que hacen de la política un modo de vida. Parafraseando a Eduardo Galeano de su libro Patas Arriba La Escuela del Mundo Al Revés, en el mundo supuestamente moderno, el revés está a la vista: la izquierda se comporta como derecha y esta última actúa como izquierda; el ombligo parece que está en la espalda y la cabeza en los pies. El Salvador no es la excepción de un mundo al revés, es un prototipo. Transita al contrario con un accionar ilógico, en el cual una minoría se impone en una sociedad con muchas carencias que se niega la auténtica democracia y la aspiración natural de progresar. Todo es negociable y todo es componenda a puertas cerradas por unos pocos que deciden por toda la sociedad de un país de alta densidad poblacional, sin medallas olímpicas cuando otros igualmente subdesarrollados sí las obtuvieron. Se destaca el país en otros aspectos: sus habitantes son reproductores, pero no productores; fecundos para concebir y consumir, pero no para generar bienes que producen otros bienes; eficaces para reproducir necesidades, pero no innovadores para crear medios para satisfacerlas.</p><p> Se generan los fondos en el exterior que se gastan internamente en productos importados y que retornan a su lugar de origen. Es un país folclórico, sin moneda propia, con sectores productivo-consumidor-gubernamental expertos en el roll over, gastando en el presente lo que se pagará mañana y con el eslogan que se preocupen los acreedores. Un país que lo único que le sobra es gente y que se anexó a un mundo globalizado también al revés, exportando el recurso humano y no el bien final. Con lemas de una sociedad claudicante: para qué inventar lo que ya está inventado, para qué patentar lo que ya está patentado; que la OMPI nos siga esperando para incluirnos en su lista. ¿Y que no estamos en un mundo globalizado? Todo se puede adquirir apretando un botón y el infante brillante es el que a una temprana edad es ágil para operar el instrumento recién inventado por otros y que piensa y razona por él.</p><p>Qué incentivos a la inversión ofrece un país que desperdicia semanas dirimiendo un conflicto de soberbias y revanchas políticas, mientras los minutos se agotan para solucionar problemas país trascendentales; el antecedente infractor no cuenta para los autodidactas de las ciencias políticas, el señalado en el pasado pasa a hacer juez, el inteligente es “el chispudo” y no el estudioso; a los infantes de padres con poder adquisitivo se les compra un iPad para que se diviertan en arresto domiciliario y un chaleco antibalas para poder sacarlos de casa; en su juventud se les proveerá de un guardián y una tarjeta de crédito para que puedan sobrevivir.</p><p>&nbsp;</p>

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