Un país con educación, pero sin cultura

Hace meses haciendo cola en la caja de un supermercado, llevaba yo un solo producto. El señor que estaba delante me preguntó que si solo ese producto iba a pagar, dije que sí. Amablemente, el señor me cedió su lugar, por esa razón. Agradecido y viendo que el señor era extranjero, le pregunté que de cuál país procedía. Me dijo: soy japonés.
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Como gesto de cortesía agregué yo, ¿cómo le va en nuestro país, cómo le han tratado los salvadoreños? Me contestó: su país es un bello país, la gente ya no se diga. No obstante, El Salvador es un país con educación, pero sin cultura. Es lo único negativo que tengo que decir. (Que cada quien saque sus propias conclusiones, porque no tuve tiempo de ahondar sobre qué quiso decir el amigo japonés con esta aseveración).

Una sabiduría milenaria oriental nos dice que las situaciones sociales responden como responden las cuerdas de una guitarra, si se les tensa mucho revientan, si se les afloja desafinan. Nótese que situaciones sociales y políticas habían llegado en nuestro país a un grado de tensión insoportable. Descalificaciones personales, epítetos ofensivos, calumnias, etcétera. Vemos con satisfacción que esto tiende a ceder con la llegada de primeros acuerdos entre los distintos sectores sociales, lo que, con sorpresa, ha bajado la temperatura incluso en tiempos de campaña electoral. Siempre quedan troles en las redes sociales, pero creo que esto también tenderá a disminuir, ya que en nada contribuyen a la paz social que todos anhelamos y cada vez encuentran menos eco.

Con esto no quiero decir que deben desaparecer conflictos sociales y oposición de ideas, ya que tales elementos constituyen bases del progreso. Un sistema cerrado se llena de dogmas, luego se vuelve autorreferencial y el progreso, entonces, deja de tener cabida. En sistema abierto hay más posibilidades de progreso material y progreso de ideas, gracias a libertades y en especial la de expresión.

Hecho reciente, sin embargo, pone en jaque conceptos tradicionales de libertad de expresión: ataque a semanario de caricaturas en París, Francia. ¿Hasta dónde debe llegar la libertad de expresión? El papa Francisco se expresó gráficamente sobre el tema, con figura del puñetazo, en el caso que alguien se atreviera a lastimar el honor de mi madre. Y decía que, de igual manera, nadie tiene derecho de lastimar, con mofas, creencias religiosas de nadie. Eso no quita que se pueda procesar judicialmente abusos de religiosos de cualquier denominación, pero en el ámbito judicial.

Yo aportaré una experiencia en Quebec, Canadá. En ese país, los amigos que gentilmente nos hospedaron en su casa, quienes durante 7 años y medio vivieron en El Salvador, nos aclararon que en Canadá no se puede hacer mofa, ni burlas, ni chistes sobre religiones ni religiosos de cualquier denominación, ya que canadienses por su propia cultura lo sentían esto de muy mal gusto y no lo toleraban. Y no había leyes que lo impidieran. Era algo cultural. Ellos habían notado, en cambio, que en estas latitudes tropicales era muy común burlarse de religiosos. En Canadá, decían también nuestros amigos, nadie bota basura en las calles y no por multas sino por cultura. Y en bocacalles conductores ceden el paso, uno a uno, sin necesitar un gendarme.

Quizás a algunas de estas cosas se refería el amigo japonés. Yo, por mi parte, soy un sólido defensor de la libertad de expresión, pero sin olvidar la cuerda de la guitarra.

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