Un país dependiente

Un país que históricamente ha sido absolutamente dependiente y también lo es geográfica, territorial, cultural, político y económicamente hablando, no es extraño que en el presente su desenvolvimiento sea en extremo anormal y se encuentre atado a (una voluntad humana en él presente). La negación sistemática de unos pocos empoderados a un acuerdo país le está costando mucho dinero al presente gobierno por el encarecimiento del endeudamiento provocado por el elemento riesgo país y las consecuentes malas notas que nos asignan las calificadoras de riesgo internacionalmente reconocidas, habiendo bajado en las escala tres gradas o escalones la categoría, en un período relativamente corto.
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Después de veinticinco años de haberse celebrado los acuerdos de paz, seguimos buscando el objetivo del acuerdo anterior: La paz. Definitivamente es un país al revés, no sabemos si vamos o venimos. Se provoca una guerra, se firma un acuerdo y continuamos en desacuerdo, resentimiento y odio secular, entre clases sociales poblando un país subdesarrollado con ricos e igualados, que claman por un entendimiento común, para diseñar una simple estrategia que permita escapar de la violencia y de la pobreza.

Este es un país culturalmente atrasado y esa condición es el problema medular para no asimilar técnicas productivas modernas y no rechazar las acciones conductuales de muchos políticos que nos mantienen secularmente atrasados. No hay peor sordo o ciego que el no quiere oír o ver, no obstante estar conscientes de la escasez de recursos, de los bajos índices de educación y de la necesidad de puestos de trabajo en un país densamente poblado.

Ese atraso cultural tan marcado es la verdadera razón de la sobrepoblación, de la improductividad y de la falta de competitividad, que nos arrastra a “una dependencia cada vez mayor” de las remesas familiares y propicia una dictadura de fachada de partidos; en el pasado militares y en el presente políticos que gobiernan por encomienda, en una alternancia limitada en el tiempo por el desgaste populista.

Embrionaria dependencia, puesto que es la que no facilita otras condiciones mínimas para que el país aspire a promedios de educación superior como los que ostentan países en desarrollo y en proceso de desarrollado. Esa carencia da paso a una abundancia maligna como lo es la violencia que impide en forma contundente a propios y extraños que el país sea viable. Esas circunstancias son suficientes para listar lo específico, por llamarle de alguna manera, a otras carencias y circunstancias de orden económico, político y social, que vuelven a este país en uno de dependencia extrema que le ha impedido avanzar a lo largo de su historia, con mayor perceptibilidad en años recientes; mucho menos trascender como país de paz, estabilidad social y calidad de vida.

La carencia ostentosa de educación tradicional, los pocos hábitos de lectura ortodoxa, da paso a una especie de ignorancia contemporánea y a una desinformación fidedigna. Las redes sociales y dispositivos móviles crean una adicción y una incultura del siglo XXI, pero al mismo tiempo crea una incapacidad de las personas de comprender y de formular ideas. Limita la interacción social y la comunicación, lo que los excluye de los beneficios fundamentales del conocimiento, la creación y la innovación.

Analfabetismo intelectual; internet, redes sociales y autoaprendizaje; pero la propuesta, la participación ciudadana ¿dónde quedan? Y la innovación tecnológica al margen, con esa moderna dependencia. Una gran mayoría, pegada a una pantalla, apáticos, desinformados, al borde de la idiotez. Con el agravante que la computarización y la robótica generan desempleo en un país inmensamente poblado, dependiente de la migración y de las remesas familiares.
 

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