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Un país joven, un país con esperanza. Perspectiva desde una experiencia de vida

De acuerdo con datos de la CEPAL (2014), un 60.3 % de la población urbana está ocupada laboralmente, un porcentaje alto de acuerdo con estadísticas de la región; datos que hablan de la fuerza transformadora que representa la gente en El Salvador.
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Édgar J. Castillo Coautor de “El país que viene”

Édgar J. Castillo Coautor de “El país que viene”

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Sin embargo, a pesar de generar recursos e ingresos, la distribución de la riqueza no es equitativa, y es que también según datos de la CEPAL (2014), el porcentaje de la pobreza era de un 41.6 %, lo que demuestra que, efectivamente, aún falta lograr muchas transformaciones sociales en beneficio de los más necesitados; aún queda por reducir la brecha existente entre ricos y pobres, que genera diversos problemas sociales que hoy por hoy nos siguen afectando como sociedad.

La población de El Salvador es mayoritariamente joven, de acuerdo con la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples (2016), un 54 % de la población es menor de 30 años, lo que hace a nuestra generación una esperanza, comprometiéndola con un horizonte común que mire al futuro en el país que esperamos y que soñamos.

La juventud en general necesita ser comprendida a través de espacios de sociabilización, por lo que un nuevo país debe buscar ante todo la apertura y el desarrollo de este tipo de espacios, donde converjan los jóvenes para el desarrollo de tareas y acciones positivas, esta debe ser una proyección a futuro como país; la represión y criminalización de las comunidades solo ha permitido el crecimiento de la violencia y que un empuje de más jóvenes se le una.

El horizonte común es centrar las acciones de todas las instituciones del Estado (llámense gobiernos locales, gobierno central, Asamblea Legislativa, Corte Suprema de Justicia, etc.) a ubicar en el centro a la persona como eje fundamental de las políticas de Estado, a posibilitar la accesibilidad de todos los estratos sociales a la satisfacción de sus necesidades más básicas, entre ellas el deporte y la recreación.

La organización comunitaria es un elemento esencial para la transformación social y el desarrollo humano, y los jóvenes en su esencia son transformadores de su entorno, una fuerza incalculable que produce cambios, ya sea para bien o para mal: “El riesgo es que, debido a la ausencia de oportunidades y opciones reales positivas, más y más jóvenes pueden buscar más oportunidades y opciones que no son positivas y productivas para la comunidad y la sociedad en general” (Savenije y Andrade Eekhoff, 2003).

Razón por la que, en mi compromiso actual, estoy en la búsqueda de potenciar programas destinados a la juventud, que encaucen su fuerza transformadora y de cambio social, y que sean acciones dirigidas desde los jóvenes. Opciones de deporte, cultura, recreación que promuevan su propia organización, iniciativas que permitan la formación de valores, actitudes y opciones reales de formación.

Esa debe ser nuestra tarea como juventud, sector invisibilizado y marginado, pero con un gran poder de cambio y evolución. Proponer, exigir y dirigir programas destinados a la juventud que potencien sus propias áreas y organización. Solo logrando la transformación real y propositiva desde los jóvenes organizados es como lograremos la creación de un país con nuevas esperanzas, reconstruido y del buen vivir. Ese debe ser nuestro horizonte como sociedad hacia el país que viene. “Si los jóvenes fallan, todo fallará” (Fidel Castro Ruz, 23 de junio de 2007).

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