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Un país, un sueño

¿Qué es ser salvadoreño?, es una pregunta a la que me cuesta contestar. Sé que somos mucho más que una tragedia en la que los dos protagonistas, las maras y el gobierno, preparan el espectáculo de sus vidas. Están los que atacan y los que contraatacan, perpetuando así el escenario más sanguinario de la historia y manchando con sangre el guion que nuestros antepasados se esmeraron en escribir. Una intriga escrita por la pluma de una poetisa y un cuentista cuyo final no estaba abocado a la tragedia, pero al realce de nuestra cultura. Me refiero a Claudia Lars y a Salarrué, dos de los grandes de nuestra literatura, pero de cuyas obras no se conoce casi nada.
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Su legado ha sido opacado por las malas noticias, por la verdadera tragedia que se vive en el país y que nos impide soñar con las “misteriosas grutas” y la colorida tierra de infancia de Margarita del Carmen Brannon Vega o encontrar consuelo en el “cipote” que llevamos dentro. Porque de esos artistas solo nos quedan sus nombres o el recuerdo de una casa que ahora es el local de una tienda comercial dedicada a vender artículos varios al son del reguetón. ¿Qué nos llevó a tal pérdida cultural? ¿Por qué los de mi generación ya no leemos a aquellos que moldearon las letras salvadoreñas? Lars, Salarrué, pero también Alfredo Espino, el poeta niño, Consuelo Suncín, la artista plástica y escritora... Sí, digo la artista plástica y no la esposa de Saint-Exupéry porque aunque la recordemos bajo la sombra de la pluma de su marido como la rosa del Principito, fue una mujer independiente con mucho talento. Y la lista sigue, pero hasta ahí me quedé yo... no sé de otros autores, no sé de otros poetas, cuentistas, escritores... el problema es que no hay proyectos de redescubrimiento patrimonial, no existe en El Salvador tal cosa como la valorización de la cultura, nuestra cultura. Los museos apenas y se llenan, al teatro muy pocos asisten, y los que van al cine prefieren ver la última película de Marvel que un documental sobre la guerra civil.

Es una pena porque todos participamos de esta degradación del salvadoreñismo, nos inclinamos más por conocer la historia de Europa y la de Estados Unidos que por la nuestra o incluso la de América Latina. Si esperamos cambiar la imagen siniestra y temible que tiene el mundo de nosotros, aspiremos a tener a un Rubén Darío, a un García Márquez, a un Vargas Llosa. Dejemos nuestra marca en el mundo. Que el Pulgarcito de América demuestre que en medio del caos atesoramos lo más precioso que tenemos: una identidad cultural. Somos más que violencia y maras. Somos más que pupusas y tamales. Somos más que un campo de batalla donde la izquierda y la derecha después de veinticinco años del acuerdo de paz no han terminado de entender que la guerra llegó a su fin y que es momento de pasar la página y reconstruir el país desde la raíz comenzando por la cultura. Si queremos avanzar como democracia, ¿por qué no empezar por favorecer proyectos culturales?, como financiar el cine salvadoreño que tantas dificultades tiene, organizar festivales de música, favorecer excavaciones arqueológicas y, sobre todo, ¡incitar a la población a leer! Porque no nos equivoquemos, si pensamos que la cultura viene después del tema de la violencia estamos mal. La cultura es igual de importante y tiene que ser accesible para todos. Leer permite sobrepasar la realidad plana de una vida desprovista de lectura y abrir nuestra mente a nuevas perspectivas. Es aceptar que nos hemos quedado atrás y que tenemos que compensar ese retraso.

¿Que si reniego de mi país? La respuesta es no. ¿Que si estoy orgullosa de él? Tampoco. ¿Que si creo que podemos progresar? Solo el que piensa en grande puede aspirar a la grandeza y quiero que dejemos de ser mediocres y conformistas. Reinventemos la definición del salvadoreñismo. No nos autocondenemos a la mediocridad y a vivir bajo el yugo de la violencia. Y a todos aquellos que, como yo, vivimos fuera del país sirvamos de embajadores de nuestra cultura en el extranjero.

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