Un período de reflexión

Nos encontramos a pocos días de la celebración de la Semana Santa, período en el que los que profesamos el cristianismo conmemoramos la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.
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Desde luego, esta celebración debería contribuir a crear un ambiente de fraternidad entre los seres humanos, que además contribuyera a estrechar más los lazos de convivencia, que permitiera el establecimiento de un mundo donde no existan el odio, el egoísmo, el rencor y la envidia, por constituir lacras sociales que dividen a los seres humanos.

Pero además, la Semana Santa debería ser un período de reflexión en el que cada individuo supiera conocer las respuestas a las preguntas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos en este mundo? Asimismo, hacer un autoanálisis que nos permitiera conocer nuestras fortalezas, talentos y dones que Dios nos ha proporcionado, para ponerlos al servicio de nuestro prójimo.

Infortunadamente, esta celebración casi siempre la usamos para divertirnos y darle rienda suelta a nuestras pasiones, después de tres meses de duro trabajo.

Todos necesitamos descargar el estrés ocasionado por el trabajo, pero debemos hacerlo con mesura y tomando las precauciones necesarias para evitar tragedias que enlutan a muchas familias en esta época.

Sería recomendable que hoy que nuestro país atraviesa difíciles momentos debido a la crisis socioeconómica, sociopolítica, institucional, delincuencial, etcétera, que experimentamos, pudiéramos reflexionar en este período sobre temas bíblicos importantes que nos permitieran enriquecer nuestro espíritu y emerger de la situación caótica en que nos encontramos.

Pero además podríamos reflexionar sobre otros temas, por ejemplo podríamos hacerlo sobre la frase “Conócete a ti mismo”, por mencionar un ejemplo, frase que no es propia de Sócrates, en el sentido de que él la creara, sino que como es sabido, era una inscripción que estaba colocada en el Oráculo de Delfos, y que Sócrates adoptó como suya para ponerla en práctica en sus enseñanzas a sus discípulos.

El hombre ha hecho hoy en día muchos avances en el campo tecnológico, en la medicina, astronomía, etcétera, pero poco se ha dedicado al estudio de su mundo interior, que continúa siendo un verdadero enigma por resolver. Desde los estudios de la psique humana por medio del psicoanálisis, llevados a cabo por Sigmund Freud en el siglo XX, pocos avances se han hecho a este respecto últimamente. Consecuentemente, el hombre de la posmodernidad se ha transformado en un ser hedonista y materialista, situación que lo ha conducido a interesarse más por el dinero y las cosas materiales que por la práctica de valores e ideales sublimes.

Desde luego, es importante que el ser humano reconozca que somos parte integrante de la conciencia universal, que somos parte además de la totalidad del universo, y que existimos para seguir construyendo este mundo en su proceso evolutivo bajo la directriz de Dios. En tal sentido es imperativo que conociendo nuestras fortalezas y debilidades, sepamos cada día superarnos, en especial en el campo de la práctica de los valores éticos, morales y religiosos, para superar la crisis que experimentamos a escala mundial, donde prevalecen el odio, las intrigas, la traición y la envidia, que nos tienen al borde del estallido de una tercera guerra mundial, si el hombre no toma conciencia de la necesidad de construir un mundo más humano.

Si al hacer un autoanálisis de nosotros mismos, nos enteramos de que nos agrada el pacifismo, tener excelentes relaciones con los demás, que nos traten bien, que no debería existir la discriminación ni la explotación, entonces debemos esforzarnos por tratar bien al prójimo, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús cuando dijo: “Ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”.

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