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Un período de reflexión

Mañana iniciará la celebración de la Semana Santa, período en el que los que profesamos el cristianismo conmemoramos la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Desde luego, esta tradicional conmemoración debería contribuir a crear un ambiente de fraternidad entre los seres humanos, que además contribuyera a estrechar más los lazos de convivencia, que permitiera asimismo el establecimiento de un mundo donde no existieran el odio, el egoísmo, el rencor y la envidia, porque estas constituyen lacras sociales que dividen a los seres humanos. Pero además, la Semana Santa debería ser un período de reflexión en el que cada individuo se preocupara por conocer las respuestas a las preguntas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos en este mundo? Asimismo, hacer una especie de introspección que nos permitiera conocer nuestras fortalezas, talentos y dones que Dios nos ha proporcionado, para ponerlos al servicio de nuestro prójimo.
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Infortunadamente, esta celebración casi siempre la usamos para divertirnos y darle rienda suelta a nuestras pasiones, con el propósito de botar el estrés que ocasiona el trabajo. Sin embargo, si decidimos divertimos debemos hacerlo con mesura y tomando las precauciones necesarias para evitar tragedias que enlutan a muchas familias en esta época.

Es previsible que la racha de accidentes automovilísticos que ocurre en tiempos normales en el país y que causa luto y dolor en muchas familias se intensifique durante este período de vacación, si los conductores de vehículos no se responsabilizan en tratar de conducir en estado de sobriedad, evitando las bebidas alcohólicas en el momento de conducir.

Las autoridades de tránsito tendrán una ardua labor durante esta Semana Santa para sacar de circulación en las carreteras a los conductores que sean sorprendidos conduciendo bajo los efectos del alcohol o de otras drogas, y minimizar con estos controles el número de accidentes automovilísticos.

El hombre ha hecho hoy en día muchos avances en el campo tecnológico, en la medicina, astronomía, etcétera, pero poco se ha dedicado al estudio de su mundo interior, que continúa siendo un verdadero enigma por resolver. Desde los estudios de la psique humana por medio del psicoanálisis, llevados a cabo por Sigmund Freud en el siglo XX, pocos avances se han hecho a este respecto últimamente. Consecuentemente, el hombre de la posmodernidad se ha transformado en un ser hedonista y materialista, alejándose cada día de la práctica de valores e ideales sublimes, lo que ha contribuido al deterioro del tejido social que padecemos.

Desde luego, es importante que el ser humano reconozca que somos parte integrante de la conciencia universal, que somos parte además de la totalidad del Universo, y que existimos para continuar construyendo este mundo en su proceso evolutivo bajo la directriz de Dios. En tal sentido es imperativo que conociendo nuestras fortalezas y debilidades, sepamos cada día superarnos, en especial en el campo de la práctica de los valores éticos, morales y religiosos, para superar la crisis que experimentamos a escala mundial, donde prevalecen el odio, las intrigas, la traición y la envidia, que nos tienen al borde del estallido de una tercera guerra mundial, si el hombre no toma conciencia de la necesidad de construir un mundo más humano.

Si al hacer un autoanálisis de nosotros mismos nos enteramos de que nos agrada el pacifismo, tener excelentes relaciones con los demás, que nos oponemos a la discriminación y a la explotación del prójimo, entonces debemos esforzarnos por tratar bien a los demás, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús cuando dijo: “Ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”.
 

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