Un salvadoreño a la deriva pero con admirable fe

Durante la Semana Santa pude leer el libro sobre la epopeya vivida por el pescador salvadoreño José Salvador Alvarenga: “2,438 días - Una Extraordinaria y Verdadera Historia de Sobrevivencia en el Mar”, fue escrito por el conocido autor Jonathan Franklin.
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La epopeya comenzó el 17 de noviembre de 2012 cuando una tormenta arrastró mar adentro la lancha en que Salvador había salido a pescar con un ayudante mexicano, Ezequiel Córdoba. El motor y el radio se habían averiado cuando regresaban a la costa y las olas barrieron con los suministros y equipos, dejándolos solamente con la hielera que al final les sirvió para protegerse del sol.

Durante más de catorce meses que duró la proeza, Salvador se alimentó de tortugas, peces y pájaros; el agua lluvia tenía que racionarla y para complementarla bebía la sangre de tortugas y pájaros, y su orina. Desafortunadamente Ezequiel murió a los cuatro meses, no contaba con la experiencia de Salvador que desde los 11 años (tenía 34 años cuando sucedieron los hechos) pescaba. Ezequiel tenía 22 años, no se había acostumbrado a comer carne cruda, y aunque tenía fe religiosa no contaba con la determinación y experiencia de Salvador; en efecto, cuando Ezequiel se negaba a comer y decía que morirían, Salvador le expresaba: “Yo voy a sobrevivir y se lo voy a demostrar al mundo, seremos un ejemplo”.

Alvarenga había abandonado a su hija en El Salvador, la conciencia le remordía y pedía a Dios que la cuidara. Lloraba pensando que nunca la volvería a ver. Sin embargo hacía lo posible por permanecer positivo y recuerda que se decía: “Debo tener valor y fe, no desplomarme; pensar hacia adelante, planificar acciones, y soluciones. Le pedía a Dios que me sacara los pensamientos negativos, que me perdonara por mis malas acciones, que sería su soldado”. Cuando Ezequiel murió, Salvador se negaba a creerlo y halucinaba conversando con el muerto, no fue sino seis días después que decidió tirarlo al mar. En ese momento debía esperar más de diez meses para alcanzar tierra, se encontraba a 2,900 millas de su partida y le faltaba otro tanto.

Salvador había salido de El Salvador en 2008 huyendo de la violencia, en abril llegó con las manos vacías a Costa Azul, una villa de pescadores del estado de Chiapas, México, para variar iba indocumentado; sus acciones comenzaron a hablar por él desde el principio, encontró una escoba y comenzó a limpiar las calles, se ganaba la vida recogiendo basura y vivía bajo un árbol, pero su voluntad y trabajo pronto impresionaron a todos. Un residente lo recuerda así: “Hacía las cosas sin que se lo pidieran, ayudaba a los demás”. Nosotros podríamos decir como el poeta mártir: “Era un hácelo todo, un cómelo todo...”. Así fue como se ganó el respeto de todos y se convirtió en un “tiburonero”, el grupo osado que pesca a más de 100 kilómetros mar adentro.

Su pesadilla terminó el 29 de enero de 2014 cuando llegó a las islas Marshall, donde fue auxiliado generosamente, el resto lo sabemos. Su historia es la de El Salvador, nuestro país marcha a la deriva, a merced de los negros nubarrones de la violencia y la corrupción que nos han acarreado la clase política y la indiferencia, pero es a través de la fe en Dios, persistencia, voluntad y determinación como las mostradas por Salvador que saldremos de la enorme tragedia que nuestro pueblo sufre. Unámonos para lograrlo, en nuestro país la mayoría de las personas son como Salvador. ¿Será coincidencia el nombre también? ¡Claro que se puede!

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