Un santo incómodo

Monseñor Óscar Arnulfo Romero es ahora objeto de panegíricos que sorprenden por lo inesperado de su autoría, y alrededor suyo se escuchan cada vez más comentarios con olorcillo a diplomacia.
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La mayoría son poco entusiastas, con más de artificio que de convicción. En la medida que nos acerquemos a la fecha de su beatificación, esta artificial monseñorización se multiplicará. Faltaba menos, si el hombre será beato y, más temprano que tarde, el primer santo salvadoreño. Pero para abrazarlo como tal e iniciar la producción de medallitas en serie “es urgente desromerizarlo” parecen decir estas buenas gentes, es decir, hacerlo más light.

Hasta donde entiendo a estos exégetas del nuevo milenio, un Monseñor más light tiene menos de denuncia y más de Evangelio, como si una y otro no fuesen expresiones del mismo compromiso cristiano. Pretenden que así sea porque Romero “ha sido siempre controversial”. Les gusta más la noción de un beato como los que adornan los catecismos, no la de un hombre que fue asesinado por odio a la fe.

Alrededor de su figura, es cierto, se tejió desde hace años una controversia, pero siempre fue una artificial e innecesaria. Es que si uno se toma el tiempo de escuchar y/o leer sus homilías, es fácil discernir a quiénes fustigaba, a quiénes suplicaba, a quiénes invitaba a convertirse al cristianismo, entendido este como un respeto y un compromiso absoluto por la dignidad y la vida de la persona humana. Si Monseñor Romero denunciaba que a los campesinos se les pagara solamente por temporadas, o se preguntaba quiénes eran los únicos beneficiados con que la sociedad salvadoreña tuviera obreros mal pagados y gente sin salario justo, no había controversia posible: estaba hablando de los poderes fácticos.

La incomodidad que algunos aún sufren cuando se habla del mártir no está relacionada con sus denuncias de entonces, mayormente desconocidas incluso por su grey; es que esos mismos poderes fácticos, a través de algunos de sus instrumentos y expresiones institucionales, hicieron de Monseñor y de su asesinato un tema tabú, el más tabú de los temas. Y por extensión para muchos salvadoreños, contemporáneos o no del jerarca, admirarlo equivale a adoptar una posición beligerante respecto de esos poderes.

Para acabar con ese equívoco, desde algunos sectores de la sociedad, sobre todo la Iglesia, se alienta a conocerlo, a recuperar su discurso, a reflexionar sobre su rol evangelizador, pero el clero sabe que eso llevará décadas y requerirá de un esfuerzo que debe involucrar a varias instituciones, no solo a las religiosas. ¿Debe el Estado salvadoreño promover la lectura de las homilías de Monseñor Romero? ¿Deben los católicos salvadoreños esforzarse por conocerlo? ¿Aceptarían los católicos salvadoreños que sus enseñanzas fuesen incluidas en la materia de Formación Cristiana?

Estas preguntas tendrían que ser de fácil respuesta pero no lo son. Y lo serán aún menos una vez Monseñor Romero haya sido beatificado.

Paradójicamente, el acto a través del cual la Iglesia reconocerá a Monseñor Romero como un ejemplo de vida cristiana llevada hasta el último sacrificio puede acentuar el sesgo que rodea a su imagen en El Salvador.

Y será una lástima que perdamos aún más tiempo discutiendo sobre lo políticamente correcto que pudo ser aquel hombre en esos turbulentos años en lugar de aprehenderlo.

Quizá lo que Monseñor opinaría hoy sobre la cada vez más fuerte simplificación del tema de las pandillas en el imaginario colectivo no nos agradaría. Quizá lo que denunciaría acerca de los orígenes de la marginalidad no nos agradaría. Quizá lo que opinaría sobre las pandillas como expresión de esa marginalidad no nos agradaría.

Tenemos mucho que aprender sobre la palabra de Monseñor Romero. La vigencia que sus denuncias tienen 35 años después de su asesinato debería avergonzarnos como sociedad.

Romero fue incómodo. Es incómodo. Y siempre lo será, pero por la vigencia de su palabra.

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