Una cosa es el cuento y otra es la historia detrás del personaje

En un amplio sector de la opinión pública, las ilegalidades cometidas contra la Fiscalía General de la República y la Sala de lo Constitucional fueron en verdad cambios necesarios para lo que entienden es la mutación positiva del poder público. Aunque sea todo lo contrario, un giro que derivará en abusos y arbitrariedades ante las que la nación poco podrá hacer, la charada sigue recibiendo aplausos.

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Sus cronistas, evangelistas y propagandistas insisten en que Nayib Bukele, con su sostenido ascenso a la presidencia y posterior acumulación de influencia en el aparato del Estado, supone una suerte de revolución. Acaso cuando él sostiene que el establishment salvadoreño está derrotado no está siendo cínico sino que simplemente se ha creído todo eso que sus aduladores le repiten desde hace años.

La paradoja que desconsolará a la nación en el futuro es que el presidente, en efecto, ha vaciado buena parte de los asientos desde los que la clase política abusaba del aparato de gobierno para gozar de prebendas, licencias e impunidad, pero sólo para llenarlos con los cuadros del nuevo oficialismo. Pero la naturaleza abusiva y elitista que ha caracterizado al poder en El Salvador en lugar de menoscabada se ha visto repotenciada con Bukele.

En el imaginario de sus seguidores, especialmente entre su base más popular, la administración de GANA y la legislatura de Nuevas Ideas conforman juntas una herramienta social para desmontar el dominio de la administración del Estado del que una clase oligárquica ha gozado durante dos siglos de republicanismo. Esa asociación facilitó el tránsito de una masa votante del FMLN a estos institutos políticos; hace una década, se creía que el primer presidente de izquierda electo democráticamente consumaría ese tránsito propugnando incluso por un cambio en el sistema de gobierno.

Al inicio de su carrera en solitario, expulsado del FMLN, Bukele retomó algo de aquella retórica pero delicadamente ha ido bajando esas banderas y una vez en la presidencia, sustituyó todos los signos de subversión por un ataque sin tregua a sus rivales electorales. Fue efectivo porque muchos ciudadanos, hartos e insatisfechos, entendieron que antes de transfigurar al Estado, era imperativo que el heraldo del cambio destrozara las dos caras de la partidocracia, símbolo y utensilio de esa oligarquía.

Esa simulación le continúa funcionando; en un amplio sector de la opinión pública, las ilegalidades cometidas contra la Fiscalía General de la República y la Sala de lo Constitucional fueron en verdad cambios necesarios para lo que entienden es la mutación positiva del poder público. Aunque sea todo lo contrario, un giro que derivará en abusos y arbitrariedades ante las que la nación poco podrá hacer, la charada sigue recibiendo aplausos.

A la postre, en un tiempo difícil de precisar desde las tempestades del hoy, el país entenderá la diferencia entre el cuento y la verdad del personaje. Los cambios que se necesitan, los anhelos y necesidades que movieron a la sociedad a decisiones terribles hace más de tres décadas, tienen que ver más con la inspiración del Estado que con el ordinario ejercicio de su poder. Sin la inspiración correcta, entiéndase la vida, la justicia y la libertad como centro de la convivencia social, el ejercicio del poder en un país que tiene a la intolerancia y a la violencia en su adn sólo puede desembocar en lo que estamos viendo.

Bukele se declara el fin del establishment pero es sólo una versión peculiar del mismo, vocero novedoso de un viejo invento salvadoreño: un gobierno conservador, militarista, desconectado de las minorías, que no cree en el diálogo.

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