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Una de las mayores agonías de nuestro tiempo se da en los más altos niveles del poder mundial

No cabe duda, y las realidades actuales lo muestran y lo demuestran de manera irrebatible, que los seres humanos
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Una de las mayores agonías de nuestro tiempo se da en los más altos niveles del poder mundial

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Una de las mayores agonías de nuestro tiempo se da en los más altos niveles del poder mundial

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No cabe duda, y las realidades actuales lo muestran y lo demuestran de manera irrebatible, que los seres humanos se hallan en cualquier tiempo y lugar a expensas de la volatilidad histórica, que es expresión externa de la volatilidad existencial en referencia a los seres humanos y a las sociedades de la más diversa índole que éstos conforman. En reacción a ello van surgiendo los mecanismos que pretenden congelar el tiempo o al menos ponerlo bajo control. El extremismo, el fanatismo y el populismo son expresiones que van en esa línea; pero lo que la experiencia enseña sin posibilidad de escape es que de nada sirven esos recursos presuntamente inmovilizadores cuando las energías evolutivas deciden tomar las posiciones que les corresponden en el proceso.

Cuando el marxismo surgió allá en el siglo XIX se planteó como una fórmula ideológica de contenido filosófico para transformar definitivamente los esquemas socioeconómicos en el mundo. Luego, ya en el siglo XX, la Revolución Rusa asumió dicha fórmula como esquema perpetuador del poder establecido ya en versión marxista-leninista. Esto se planteaba como opción de permanencia indefinida, y más cuando el resultado de la Segunda Guerra Mundial ubicó a la Unión Soviética en la cima del poder mundial, sólo con Estados Unidos a la par. En aquellos tiempos, se pensaba que sólo un conflicto nuclear podía ser capaz de alterar las posiciones consagradas, y como decir conflicto nuclear era aludir a destrucciones totales, nadie se planteaba en serio tal posibilidad. Entonces, lo establecido, según todas las cábalas circulantes, no tendría fin. Pero la agonía acechaba.

Y esa agonía se graficó en un muro que se desplomaba por efecto de las fuerzas reales, agazapadas en las trastiendas de la evolución. Ocurrió en un día preciso: a partir del 9 de noviembre de 1989. Aquello abrió simbólicamente una nueva era, que luego conoceríamos bajo el calificativo de “global”. ¿Pero qué se globalizó en términos concretos? Lo primero que se globalizó fueron las nuevas ansiedades de los poderes que pasaban a la multipolaridad. Casi tres decenios después, la zozobra se ha ido convirtiendo en agresividad autodefensiva, que asume de otra manera las viejas distorsiones: populismo, fanatismo y extremismo, esta vez en versión acremente nostálgica.

Todo esto tiene un tinte agónico, porque si algo funciona como arma de doble filo es la nostalgia que quiere actuar en forma vengativa. En estos días, la víctima propiciatoria son las estructuras establecidas: hay brotes acusadores y beligerantes por todas partes, como si hubiera una deliberada intención de demoler lo que está en pie para hacer reconstrucciones que no acaban de perfilarse de antemano. Es en el fondo lo mismo que se daba con los alzamientos revolucionarios de antaño: querer sustituirlo todo a cualquier precio, sin medir consecuencias ni calibrar estragos. ¿Será que, como dice el tango, la historia vuelve a repetirse?

En su momento se desplomó un muro pétreo, con estruendo que alcanzó los cuatro puntos cardinales. Hoy los muros son cada vez más irreales, aun cuando se planteen en forma de estructuras pétreas, como ese fantasmagórico muro que se pretende construir entre Estados Unidos y México, y que desde luego, aunque llegara a existir, no frenaría la inmigración comandada por las mafias tanto de un país como del otro. No hay que confundirse ni caer en autocomplacencias gratuitas: la agonía del presente, por más corazas que se le provean, tiene también los días contados. Es cosa de tiempo.

Pero no hay que esperar que lleguen las fechas por su sola cuenta: los habitantes de la hora actual tenemos que entrar en razón respecto de nuestros propios desafíos, para enfilar energías hacia el nuevo momento que tendrá que venir, y en el que de seguro habrá otros retos que, desde la perspectiva actual, son indefinibles aunque podrían ser imaginables. Precisamente poner en acción la imaginación histórica es lo pertinente en esta hora del mundo.
 

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