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Una de las misiones esenciales para lograr un país funcional consiste en reposicionar la esperanza como motor de vida

Los migrantes de esta era son, en gran medida, ejemplos de confianza en su propio futuro, sin importar los sacrificios que haya que hacer para alcanzarlo.

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Los salvadoreños hemos venido acumulando experiencias de alto impacto negativo en nuestra suerte y en nuestro destino, y eso ha hecho que se nos haya instalado en el ánimo la sensación de que los sufrimientos y las dificultades serán siempre los que determinarán el curso de nuestras vidas. Esta es sin duda una deformación que se ha hecho viral en nuestro ambiente –para decirlo con un término que está muy en boga en esta era de las comunicaciones virtuales predominantes al máximo–; sin embargo, lo que nos enseña con reiterada claridad el despliegue de los hechos actuales es que lo negativo no tiene capacidad de eliminar lo positivo, y que en esa inevitable coexistencia hay que ubicar nuestras energías más decisivas para que la negatividad no se imponga sobre el positivismo.

Y en este punto hay que traer a cuento el sentido más profundo de nuestra tendencia migratoria de siempre. Hoy es común afirmar que los que migran, en cantidades tan significativas, lo hacen por temor a lo que pueda ocurrirles dentro del país y porque hay grandes ahogos en lo referente a la situación económica, especialmente para los más desfavorecidos. Estos desde luego son factores que influyen, pero en el trasfondo siempre se hace presente la búsqueda de mayores facilidades para progresar en ambientes que ya cuentan con niveles de desarrollo muy superiores a los nuestros; y Estados Unidos, con quien tenemos una muy antigua relación complementaria, está en la primera línea de los destinos aspirables.

Los migrantes de esta era son, en gran medida, ejemplos de confianza en su propio futuro, sin importar los sacrificios que haya que hacer para alcanzarlo. En el centro de tal percepción puesta en marcha contra todas las adversidades está la esperanza de alcanzar una vida mejor. Y eso explica con gran claridad por qué dos países tan diferentes en tantas cosas, como son El Salvador y Estados Unidos, se complementan a fondo por ser Estados Unidos país de inmigración y por ser El Salvador país de emigración, ambos desde siempre.

A partir del ejemplo que nos dan nuestros compatriotas que se van lejos para estar más cerca de sus raíces, los salvadoreños que permanecemos aquí tenemos el deber esencial y sustancial de irnos incorporando al progreso con instrumentos y herramientas como los que tienen que proveer para todos las distintas estructuras del poder nacional, tanto público como privado. Hay, pues, una obligación inequívoca de hacer factibles y accesibles los distintos componentes de una modernización educativa y productiva que estimule de veras la autorrealización personal y social en todos los órdenes.

Nuestro país, como sujeto histórico y como hogar nacional, tiene que desplegar como corresponde todo su vivero de oportunidades, dejando atrás los complejos limitantes, los prejuicios desactivadores y las prácticas obsoletas. Se trata de que la salvadoreñidad pueda darlo todo de sí, en los diversos espacios geográficos y culturales donde hoy se va ubicando. Y el motor de base tiene que ser la esperanza de avanzar sin fronteras y de prosperar sin límites.

Esta es hora en que lo más determinante consiste en hacer que lo positivo se imponga sobre lo negativo, sin fantasías desorientadoras sino más bien con esfuerzos de racionalidad bien conducida.

Entendamos que la esperanza no es un mito ingenuo, sino una necesidad existencial, tanto para los individuos como para las sociedades y las naciones. En tal sentido hay que emprender de inmediata una cruzada de positividad sustentada en análisis y en enfoques que conecten lo que se anhela con lo que se realiza. Eso nos dará todas las pistas necesarias para consolidar el progreso real.

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