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Una deuda con la cultura y el arte

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Una deuda con la cultura y el arte

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Fui educado para apreciar el arte con respeto y admiración, no como opción de vida... Pero hace más de cuatro décadas, el destino abrió las puertas de este maravilloso mundo, al que ingresé como aficionado sin mayor preparación ni grandes proyecciones. Sin embargo, el tiempo hizo de mi afición una aventura de tropiezos y satisfacciones.

Vivir el arte en un país en que los valores culturales están en extinción es una verdadera aventura, especialmente cuando la cultura y el arte se pierden en las agendas de nuestros gobernantes o pasan desapercibidas en sus últimas páginas.

Durante mi desarrollo productivo entrelacé el oficio del arte con actividades profesionales muy distantes a este quehacer; en este collage de experiencias, he conocido diferentes rostros del concepto de respeto social y laboral. Motivadoras palmadas ejecutivas, seguidas de un ¡felicidades, el proyecto será un éxito!, o estimulantes expresiones como: ¡qué buen artículo, yo lo leo!; y desganados saludos con escaneo total, seguidos de un ¡mi estimado, usted sí fuma de la buena!

...Nuestra pobreza cultural se refleja en la última frase cuyo sentir ubica a los trabajadores del arte en contextos excluyentes, catalogándolos como ciudadanos sin aporte; estereotipo injusto, que los considera como seres improductivos sin participación en el desarrollo y progreso de la nación.

El deterioro de nuestros valores culturales omite que la producción artística es transmisora de sueños y sentimientos de batalla por mejorar lo anterior; recopila hechos históricos sin distinción de origen, señala injusticias y devela aspiraciones; resalta las maravillas de la naturaleza y registra todo lo imaginable; destaca la historia generando auto admiración y despierta esperanzas; denuncia y abre los ojos a un universo más amplio; y su resultado trasciende las generaciones.

Un país sin desarrollo cultural es un ente sin costumbres, sin leyes serias, sin política responsable, sin religión, sin deporte, sin arte, sin creatividad.

Lamentablemente, en épocas de crisis, de populismos, de inestabilidad, el arte y la cultura se vuelven innecesarios, molestos, y se les castiga excluyéndolos de la inversión, reduciéndolos a un adorno social y protocolario.

A pesar de quedar en las últimas páginas en la agenda de gobernantes, los trabajadores del arte poseen la fortaleza de no rendirse y seguir compartiendo el fruto de su trabajo; siempre es tiempo para reclamar su existencia, iniciando por considerarlos productivos y dignos de beneficios básicos como la salud, seguridad social y una acreditación responsable y seria, sumada a una estimulante campaña de respeto profesional.

Nuestro país dará un salto positivo cuando la cultura y los trabajadores del arte sean considerados un activo de la realidad social y productiva del país, cuando su labor independiente sea reconocida, promovida, y se les otorguen los derechos que asisten a todo salvadoreño dedicado a su trabajo.

El crecimiento cultural es proporcional al progreso económico y asociado a una buena educación. Administrar la cultura es responsabilidad del Estado, el pueblo como espectador tiene el derecho de aprender a apreciarla y respetarla. Lastimosamente entre pobreza, corrupción y mediocridad, la cultura se estanca y se vuelve aburrida e innecesaria...

En una nación que busca la ruta del desarrollo, la música, la pintura, la poesía, la danza, el teatro, la arquitectura, etcétera, son el consuelo que alegra la vida y enorgullece al ciudadano.

Tags:

  • cultura
  • arte
  • populismos
  • valores

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