Una encarcelada inolvidable

Escribiendo memorias, recordé el encarcelamiento de que fuimos víctimas varias autoridades de la Universidad de El Salvador cuando el coronel Molina inauguró su gobierno ocupándola en julio de 1972. Anticipo esta partecita de lo que será un libro.
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Por el portón sur del hoy llamado Castillo, entonces apodado con horror “ Palacio negro”, sede central de la Policía, se accedía a un largo corredor en ladrillo clásico. Tras unos canceles sucios, de madera, se extendía un espacioso encementado asqueroso, donde se alzaba un arco de dos pisos, con grandes celdas en las que se aplicaba a los ladrones fichados el “30-30”, sucesión de arrestos de 30 días que el juez de Policía imponía, abusando de lo que permitía la Constitución de 1950.

Al cruzar a la derecha en el corredor, a pocos metros, estaba una portezuela. Al abrirla, los policías que nos conducían saltaron a los lados para esquivar la correntada de tufo y calor abalanzada desde dentro. Daba a un pasadizo con tres apestosas celdas. Nos encerraron en la última, donde la única luz llegaba de una rendija de 40 centímetros detrás de la cual estaba un bombillo eléctrico.

El inodoro despedía tal fetidez que parecía tener abajo un foso séptico o una tubería de aguas negras. Era de esos pequeños rectángulos de cemento, con un agujero ovalado apenas suficiente para que se puedan hacer necesidades. Al centro del hoyo caía del techo una gota de los excusados de los policías, pues se escuchaba arriba las descargas de agua. Si uno se sentaba, le lloviznaba en la cabeza sin haber con qué cubrirse, pues el único papel disponible era una hoja de diario escamoteada a los registros de los policías por Miguel Sáenz Varela, líder comunista desde la universidad, cuyas 20 encarceladas le enseñaban lo valioso de tener en qué mandar mensajes y con qué (un bolígrafo también birlado a los gendarmes).

Pero como le decomisaron los lentes, cegato, casi topo, no vio cuando le hurtamos un pedazo de su atesorado periódico y usamos su inapreciable “instrumento de escribir”. Dibujamos un tablero y, en cuadritos recortados, las piezas del ajedrez. Cuando Sáenz nos descubrió, acercando los ojos al suelo, se puso furioso y de haber estado en la universidad o en el Partido Comunista, siendo secretario general en ambos, nos habría expulsado.

Estuvimos unos 10 días en el ergástulo, divertidos de lo lindo. Hicimos al maloliente tiempo buena carcajada. Contándonos chistes y anécdotas, burlándonos entre sí, discutiendo temas serios, pasaba el tiempo. No sabíamos cuánto, pues lo calculábamos solo por los ruidos del sobrestante cuartel.

La diana al amanecer, luego el alternarse de tropel-silencio-tropel, según las horas de comida y salidas a patrullar de los agentes. Los tiempos de su rancho anunciaban el nuestro: dos esbirros con un balde de agua y maltratados vasos de lata para alcanzarla tras los barrotes, y los clásicos “yoyos” para los presos en la policía –dos tortillitas con un puño de arroz y frijoles agrios en medio–.

Cuando salimos, esposados a la espalda, el resplandor del sol nos clavó un alfiler en los ojos.

En el aeropuerto militar, nos embarcaron en un cascaron desnudo de todo refinamiento: en dos filas de bancas de madera sin respaldo y esposados en parejas; a mí con Sáenz Varela, riéndonos de tener que seguir juntos, pues poco antes habíamos regresado de una gira por Europa visitando nuestros becarios de postgrado.

Bajamos en Managua. Somoza nos recibía a petición de Molina, nuestro carcelero. Nos condujeron al vasto, alfombrado salón de honor del aeropuerto civil, cuya exquisitez contrastaba con nuestros trapos sucios, hediondos, cabellos y barbas desgreñados.

Pero, ¡oh, maravilla!, nos bañamos, rasuramos y cambiamos con ropa nueva que nos entregaron. Para colmo, recibimos sándwich y repostería, más (nunca saboreado en mi vida uno tan delicioso) café con leche, adorablemente caliente.

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