Una envidia sana (ll)

En artículo anterior me referí a la envidia, que es un defecto de carácter atribuible a las personas sobre todo cuando este adquiere manifestaciones y frecuencias desproporcionadas, que alteran la tranquilidad personal, por el deseo vehemente de algo que no se posee.
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En economía el término efecto demostración es una forma disfrazada de envidia. En definitiva es identificado como el elemento subjetivo de la demanda, determinante en el gusto y preferencias.

Sin embargo, una preferencia o un deseo personal que busca satisfacer las necesidades colectivas deja de ser, en mi opinión, un defecto. De ahí el calificativo de sano. Un ejemplo, cuando en lo personal surge el deseo que el país posea algo que no tiene o perdió y que otros de parecido potencial ostentan. Por ejemplo, una mayor productividad y preferencia al ahorro. Capacidades que de recuperarse servirían potencialmente para satisfacer necesidades de la población en una forma directa e indirecta.

En el artículo anterior me referí a la envidia que me provocaba, quizá por mi profesión, las cualidades que una clasificadora de riesgo a nivel internacional le reconocía a Nicaragua. Y reflexionaba, algunas las podíamos tener y otras las tuvimos Y eso me provoca envidia, pero no malsana puesto que no representaría un beneficio personal recuperarlas, con excepción del orgullo ciudadano, que en este país va quedando como letra muerta en el himno nacional.

Y es que el país tiene que producir bastante más para que el gobierno reciba recursos suficientes que le permitan cubrir todas sus necesidades corrientes y de capital. Deberá pagar la deuda pública y pensiones. Y para lograr la categoría de productivo, solvente y poseer liquidez tiene que producir, exportar y mejorar notablemente sus niveles de inversión pública y privada. Indefectiblemente todo nos lleva a una verdad absoluta: hay que producir más y con la polarización irracional que existe ese objetivo es inalcanzable.

Mucho se habla de un modelo. En fecha reciente participé en una reunión selecta de profesionales de diversas disciplinas: ingenieros, abogados, economistas, administradores de empresas y militares retirados y se hablaba de que el problema de este país era su modelo. La diferencia era que algunos enfatizaban el aspecto económico y otros hacían hincapié en el ángulo cultural. Había un consenso y este era que el país está inmerso en una aguda crisis.

Pero mientras unos decían que esa crisis se manifestará con un problema acentuado de iliquidez gubernamental, otros decían que la crisis es y será siempre el problema cultural de los salvadoreños de una indiferencia y una subcultura de desahorro impresionante. Tampoco se tiene un proyecto de vida y esto es muy ostensible en la mayoría de los salvadoreños, desde el momento que les tiene sin cuidado la forma de gobierno y el futuro de su país.

Me llamó la atención esa subcultura en la cual el afán de cada día se lleva al extremo y se aprovecha la circunstancia de la rebaja de la gasolina para utilizar más carros. Un taxista me aseguraba conocer de una familia que tenía cinco carros y que todos estaban siendo utilizados al mismo tiempo. Eso es desahorro en un país al revés.

Definitivamente envidio esos países en los cuales hay una mejor distribución del ingreso. Existe una cultura de disciplina (espontánea o impuesta), existe una estrategia país, entendimientos básicos, eficaces políticas gubernamentales y los políticos no son la clase disociadora. Sí, envidio a países con altos niveles de ahorro e inversión, con arraigo de sus ciudadanos y de sus inversionistas.

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